jueves, 16 de diciembre de 2010

25
(el hijo de Sísifo)

Sólo nos quedó el silencio. Sólo que no es poco.

Tus trabajos habían comenzado en los albores de la guerra, entre los campos de una llanura que mucho después conocí. Una llanura tan diversa a la que se agota aquí, donde me engendraste…

El placer, los engranajes de la presentación del tiempo, ríos, audacias, extrañezas que ni imagino, sembradíos, supieron el eco de tus gestos. A través de los rincones comprendiste que estabas sólo.

Con otros, subiste la montaña y desbarrancaste la piedra y uno de tus compañeros murió aplastado porque había quedado abajo. Si algunos te señalaron como responsable no importa. Vos sabías que lo habías matado, entonces te fuiste de tu casa en aquella llanura y llegaste a esta.

Tus trabajos continuaron, amaste, engendraste a mis hermanas; fértil, prosperaste. Derrochabas fuerza, ni siquiera te cansaba remontar la piedra.

Conjuraste la presentación del tiempo y la presentación de lo material. Los dejaste de lado por la desmesurada extensión de la llanura que fue tuya un rato. Una mucho más grande que el pueblo de tu infancia.

Zozobrando, me engendraste entre vestigios de tus pasados artificios y los sincronizados terciopelos que vestían por dentro las cajitas musicales que fabricabas. Ya me guiabas en mis precoces tareas.

Yendo, tuvimos el accidente. No creo que importe lo que hubieras hecho si yo no estaba. Me protegiste. Yo estuve a punto de morir y viví. Vos estuviste a punto de morir y moriste. Si no soy parricida, no importa.

En toda transformación remeda el misterio.

Si quedó el silencio, como ese que hubo los instantes siguientes al choque, que sea fructífero. Que fértil, prospere. Que se avive la transferencia.

Por eso las historias, por eso el comienzo de uno tras otra, como los hoyos del conejo, que cava olvidando el sol..

Una tras otra, y en ellas tu eco diseminado, tu sombra camuflada, tu silencio que se presenta cuando lo olvido. Cuando ya soy yo.

El sueño argentino

Santos Condori estaba al lado del eucalipto del medio de la plaza mirando la escalinata en la que conoció a Camila Genovese.
Había jugado al fútbol y tomaba algo con sus amigos. La novia de uno de ellos llegó con Camila y con otra chica. Todos se sentaron en los escalones. No había nadie más en la plaza. Era primero de enero. El calor era tan pesado como sería su descripción.
Santos Condori y Camila Genovese iban a comenzar el CBC en unos meses. Las carreras eran, por así decirlo, afines y a cada uno le interesó conocer a alguien que estudiara la carrera del otro. Al rato los demás se fueron y ellos se quedaron charlando casi hasta el atardecer. La misma sede, Ciudad Universitaria, claro, queda cerca. Después la facultad es en Caballito ¿cómo habrá que hacer para ir? Habían leído ciertos autores y de otros oían el nombre por primera vez. Habían ido a escuelas del barrio. Jamás se habían cruzado. Vivían a dos cuadras.
Caminaron por Arias, bajaron la barranca y Santos se quedó en el edificio de la esquina. Ella se fue por Grecia hacia la General Paz. Al día siguiente ella se fue a la costa con su familia. La semana siguiente él se fue a Potosí a visitar a sus tíos.
Cuando respectivamente volvieron de sus viajes se cruzaron por la calle. Hablaron poco. Santos la acompaño hasta la casa e intercambiaron números de teléfono. Le hubiera gustado en esa ocasión estar más tiempo con ella.
El siguiente encuentro fue sorpresivo. Él estaba llegando tarde a su primera clase en el CBC. Encontró el aula y entró. La profesora le preguntó qué necesitaba pero él sólo vio un brazo que se alzaba. Balbuceó algo y se fue a sentar junto a Camila. La profesora comprendió que Santos era un alumno…
Cuando terminó la clase se volvieron juntos caminando. Camila empezó a defenestrar a la profesora. Él dijo algo acerca de la empatía y su función heurística. La charla derivó.
Camila le contó del mar. Dijo que tiene un color exacto que nadie jamás había nombrado. Habló de atardeceres que eran antiamaneceres. Se veía nacer la noche. También se calló algo que su mirada no, entonces inclinó la cabeza. Así que Santos habló de Yocalla y Potosí. El silencio, la sal. Los recuerdos animados por el exterior (él había ido a los cuatro años y volvió dos veces, una a los once a visitar a los familiares y otra a los quince cuando murió su abuela). Después el resto del verano fue ayudando al padre a distribuir en las verdulerías. – ¿Así que ya tienen tres? Qué bueno. – Si, además de la de acá y la de Florida, mi viejo abrió la nueva en Munro. Trabajan mucho él y mi vieja. - ¿Y tus hermanas?...
Con el otoño afirmado se juntaban a estudiar. A veces en la casa de Camila, en la cocina, con Herminia llevándole bizcochos y té o chocolatada. A veces solos en la casa de Santos, casi siempre iban a la terraza donde había algo más de cielo, aunque más que nada veían el quilombo de la General Paz. Casi siempre se miraban a los ojos.
Ese otoño Santos soñó mucho y estuvo triste muchas veces. Le iba bien en los parciales y a Camila también.
Él quería acercarse y no sabía. Ella quería alejarse y no podía.

Dejó de mirar la escalinata y volvió a ver a Camila besándose con Lucho, a unos veinte metros en un banco. Lucho, a quien tantas veces habían denostado por superficial y frívolo. Además Santos sabía que a Camila no le gustaba.
Alguna vez dejaría de odiarla, aunque intentaba comprenderla. La inteligencia de Camila – pensaba Santos- no se expresaba en acciones sutiles ni directas. Era efectiva de una manera muchas veces torpe y a veces inintencionadamente cruel. Ella podría haber hablado con él, decirle que lo quería como amigo o alguna de esas formas más o menos originales de segar la ilusión o extinguir la esperanza de un deseo compartido.
Prefirió que la viera besando a un gil. Cuando vio que Camila lo buscaba y lo encontraba con la mirada confirmó un poco más sus suposiciones. Terminó de hacerlo al recordar que Camila sabía que Santos andaría por la plaza esa tarde. Si, la entendía y sabía que no tenía que odiarla. En ese momento no podía.
Cruzó la plaza como si estuviera soñando, ya sin mirarlos. Fue por Arias, bajó la barranca y entró en el edificio. Se quedó en el balcón un rato creyendo que podría reflexionar, pero por su mente sólo pasaban rayos. En un momento, inesperadamente, vio a Camila caminando cabizbaja por la vereda de enfrente. Ella alzó su mirada al segundo piso y vio a Santos Condori, ambos creyeron que por última vez. Después salió corriendo por Grecia hasta su casa. Se secó las lágrimas antes de entrar.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Frenando y Carilina

Revoleado, el cielo, las copas de los árboles, techos, cabezas de nenes y de grandes, las manos de Frenando, una y otra vez al aire, los otros que también dan vueltas, el mástil, la bandera, los puestos de los artesanos y enfrente, la iglesia y los negocios. Una y otra vez.
Hasta que Frenando nos junta y llama a Carilina que viene a buscarnos cautelosa y nos mete en el arcón con las telas y las pelotas y las antorchas. Y vuelve a llorarle a Frenando por temor a la cara de algún espectador y Frenando le empieza a decir “pará, Carilina”, y lo hace durante todo el acto, aunque es Carilina la que hace las piruetas más peligrosas, siempre a grito pelado. A él le da vergüenza pasar la gorra, así que mientras Carilina corretea entre las filas, a veces volvemos a volar un rato.
Después nos llevan a una oficina municipal que está cerca de la plaza, hasta la tarde siguiente.
Unos de esos días de febrero, los chicos nos estaban yendo a buscar cuando un señor, panzón y pelado, los increpó.
- ¡Ah, ustedes! Ustedes que les sacan la guita y después dejan de tomarse el cafecito en mi bar y se tiran en la plaza. Ustedes si que vienen a joderme, ¡y lucrando con su vagancia!
Fernando se quedó atónito, aturdido. No supo como reaccionar (ni esa vez ni las otras en que un conflicto lo sorprendía) y sólo atinó a mirar a Carolina. La elocuencia de la mirada que a su vez ella le lanzó al comerciante bastó para contestarle. Y haberlo mandado a la puta que lo parió hubiera sido más suave.
Las funciones de esa tarde fluyeron. Quizás el altercado ayudó, pero entre ellos no lo mencionaron.
Mientras volvían al camping, Fernando se acordó del sueño que había tenido esa mañana. Carolina cantaba y Fernando se lo quería contar, pero no quería interrumpirla. Ella se dio cuenta. Calló suavemente, como calla un árbol.
- Soñé que estaba en el tren de la alegría. Era de noche y había un par de personas que yo no conocía. Íbamos por la General Paz, que estaba desolada. Sería la madrugada. Uno de los que me acompañaba se acercó a mi y me dijo: “yo cuando tenga un hijo me lo voy a comer. Así viviré más”.
- Que lindo soñar con la General Paz en el medio de estas sierras y ríos- dijo Carolina mirando a la distancia.
Les pareció que tardaron menos en llegar al camping. En la entrada escucharon al señor y la señora Doma discutiendo en su oficina. Eran unos viejos que administraban el lugar.
- Pensar en matarlos me da tanto placer…- la vieja hablaba como si estuviera a punto de toser.
- ¿Hablarán de nosotros?- se reía Carolina. - ¡Qué gente macabra!
- ¿Y si hablaban de nosotros en serio?
Pero ya Carolina le estaba mostrando una abeja y a un nenito que salía corriendo desnudo. Y llegaron a la carpa, acomodaron, saludaron a los vecinos y empezaron a pensar en la cena.
Carolina hizo arroz con verduras salteadas y Fernando la ayudaba, con gesto preocupado. Cuando Fernando salió de la carpa con el toallón y la ropa para ir a ducharse, Carolina le dijo que los viejos Doma no estaban hablando de ellos, seguramente. Sonrió y se acomodó la vincha.
Fernando volvió charlando con una pareja de viejos de Santa Fé que habían llegado ese día. Le presentó a Carolina y ella los invitó a ver el número una de esas tardes. Ellos asintieron sonriendo y los chicos los vieron entrar a la carpa, que estaba bastante cerca.
Iban a tomar unos mates, pero entraron a la carpa y una hora después estaban durmiendo. Ella soñaba con un bosque encantado, etéreo, salpicado de hadas y otros seres luminosos, en el que se internaban perdidos, los tres chiflados (la formación de Shemp, Larry y Moe) mirando a los costados, con desconfianza. En esa magia estaba cuando la despertó un pedo. Primero creyó que había sido Fernando y lo despertó de su profundo sueño, recriminadora, pero él no había sido.
-Yo escuché eso. Y parecieron dos. No fue un sueño. Estaba soñando, pero otra cosa… - Iba a seguir hablando, pero oyeron otras voces.
- ¿Habrán escuchado? Sonó más fuerte de lo que yo creía.
- Qué van a escuchar esos inútiles. – Fernando finalmente reconoció al viejo santafesino y se lo dijo al oído a Carolina. Después oyeron como entraban en la carpa.
- ¿Hablaban de nosotros?- le preguntó
- No. No sé. No creo…- Carolina volvía a dormirse. – ¿Me decís la hora?
Fernando se estiró hasta el celular.
- Las cuatro y cuarenta.
A la mañana, preparando el desayuno, vieron el cubretecho de la carpa desgarrado, formando torpemente una cruz esvástica. Fernando fue rápido e intentó taparla. Le puso ropa, repasadores encima. Después fue Carolina y le cosió un pedazo de tela arriba.
Comían sándwiches bajo un árbol, cerca del río. Para Carolina era evidente que había comenzado una cacería y ellos eran la presa. Calmo, Fernando conjeturaba que la cruz podía significar otra cosa, como el símbolo ario primigenio, pero Carolina miraba el vaso y decía una y otra vez que se tenían que ir.
¿Habían sido los viejos Doma? ¿Los santafesinos instigados por los otros o por los del bar? ¿O todos juntos?
Ya había acordado hacía unas miradas, que se tenían que ir. A Fernando le extrañaba conocer a Carolina hacía menos de un año. Eran los dos sobrios de la fiesta, quizá por diferentes motivos. Ella le había dicho que nadie cogía. Que sólo se bombardeaban con signos. A él le pareció interesante, pero no estaba del todo convencido de su coherencia lógica. La demostración de Carolina extendió sus dudas. Después ella le hablaba de Italia y Orleáns, y del cerro. Su infancia bifronte montevideana. Su padre pobre y su vieja toda paqueta. Su huída a Buenos Aires, el IUNA, el río. Fernando la oía como oímos a alguien que nos cuenta algo en un sueño.
Sólo se despidieron de la gente de la oficina cuando nos fueron a buscar. Desarmaron la carpa a la tarde, cuando había pocos en el camping. Con todo a cuestas tomaron el micro hasta Córdoba capital.
Ella temblaba en el camino de Altas Cumbres, lo que asombró a Fernando. Un rato después ella se durmió. -Una maga uruguaya- pensó Fernando- que conveniente.
Esa noche comieron algún sándwich en la estación de micros. Pelearon porque ella quería hacer dedo y él, volver lo antes posible a Buenos Aires. En el medio de la pelea notaron que una señora los miraba. Ambos habías vivido la delicia de presenciar peleas ajenas, pero el morbo de la señora era destinto. Ella disfrutaba, no de la pelea sino de algo más. De algo que ellos se dieron cuenta de que se les escapaba. Se fueron a pelear a otro lado, pero no pelearon más. Carolina le indicó una ventanilla para sacar los boletos a Buenos Aires.
En las dos horas que pasaron hasta que salió el micro, los chicos deambularon por la estación. Se cruzaron con la señora un par de veces y cuchichearon alguna burla por el exagerado equipaje y sus ropas enlutadas. Ella también sonreía, maliciosamente.
El micro salió a medianoche. Al subir, vieron que la mujer iba con ellos. Seguía sonriendo. Se sentó en la primera fila del segundo piso. Dejó las cortinas abiertas. Los chicos tenían los asientos unas filas atrás, aunque a Fernando no le gustaba estar tan adelante; lo sobresaltaban las luces de los micros y camiones que iban en la dirección contraria. Además imaginaba a la señora enlutada levantándose y sonriéndole. Carolina cantaba bajito al principio. Luego le hablaba bajito a Fernando. Finalmente, sin darse cuenta, quizá a mitad de un diálogo, se dormía.
También Fernando se durmió un rato después. Al despertar vio unos ojos de loca que tanto quería. Carolina le dijo que estaban llegando. Miró por la ventanilla y si, prácticamente estaban en Retiro. Se alegró de haber dormido el viaje. Quería alejarse de la señora y de la sensación que se había resbalado entre aquellos días.
En el subte ella se acurrucó y puso su cabeza en los muslos de Fernando, y aunque en esa comodidad ella tendía a cerrar los ojos, se quedó mirando al viejo sentado frente a ellos. La mueca de esa boca. Esa mueca que Fernando también miraba. Tensó las rodillas y golpeó suavemente un hombro de Carolina cuando el subte comenzó a frenar. Bajaron corriendo torpemente con las mochilas y las bolsas y con nosotros. Subieron y se dieron cuenta de que tenían que caminar mucho. Faltaban varias estaciones pero ni consideraron volver a bajar. Llegaron exhaustos a la casa de Fernando y nos dejaron en el altillo. Fernando trabaja en el estudio del padre y de su socio. Carolina trabaja en un negocio de ropa y cursa como puede unas materias.
A veces viene el hermanito de Fernando y nos desparrama con los bolos o nos tira por las escaleras.

lunes, 20 de julio de 2009

La otra noche

O.K. (otra vez), ¿qué pasó cuando le estabas dando a la minita y te diste cuenta de que ese corazón no latía? Y respiraste profundo y seguiste, ajustado al simulacro de placer que ya estabas por dejar de creerte. El ansioso silencio estaba maduro, acechándote en el largo viaje del 168. (y la piba medio stona que se sube quien sabe si antes o después del puente Saavedra y todo que podría volver a comenzar pero no). Ya sabés que las coordenadas las doy para que el vuelo sea más vigoroso: esa patadita en la tierra. ¿Seguís virgen de ala delta? ¿Hasta cuándo? Te habrás bajado 30 o 40 cuadras antes para caminar. La noche es fría y hay luna. Como tu primo de hace 100.000 años escrutás la negrura del universo. La negra imaginación, la negra gota en el medio de tu ojo, el negro miedo.
Como una ensoñación sincopada la sucesión de esquinas desnudas, los párpados flojos, el desierto infierno, el tiempo espíritu que va y vuelve. Ves seres acurrucados en el miedo artificial, soles de alcantarilla. Y muchos o todos con una víbora en lugar de la columna vertebral. Cuerpos prohibidos, ídolos acechados, dolores muertos de secreto. ¿Qué diferencia con la ya inexistente camisa de fuerza, o estrellarse en la idea, o estudiar Relaciones del Trabajo? ¿Adónde la encontraste y la perdiste? ¿Otra vez volver a esto? La mujer loca que baila en tu memoria y que no sólo baila sino que también te hace bailar. Y escribir mal. Y bien. Sabés que te atrae y te lleva y te entierra en lágrimas que nunca lloraste. Este paseo otra vez. Esta noche otra vez. Vuelve en el sueño o en la falta de sueño o mientras te la chupan o la chupás, o estás viendo la película de Truffaut, de Herzog o de Spielberg. Mientras escuchas a Gismonti, a Bregović, Bill Evans, Chopin, Bach o Los Tipitos. O te pasan por Crónica un recital de Los Palmeras en el bar donde te olvidás de lo que no te olvidás
Una vez más caés. Inocente de tus pasos vas cayendo en el conjuro. En el sopor de tu silencio de certezas insoportables se te hunde la ciudad. Los caminos están desangrados hace siglos. Los fundadores eran caníbales, casi como los de hoy. Concentrarse en la propia conciencia no es más que un refugio, ajeno y pretencioso y tristemente devastado. Detrás de las sombras de lo sagrado te sentís agredido. Creés que el camuflaje es cada vez más tenue, cada respiración resuelve su efectividad. En la ciudad tu consuelo ni siquiera es tocar culos en el subte a chicas más feas que las que te cogés; es imaginarlo. Responderían una caricia desconocida con insultos y para mostrarte su buena predisposición te muestran los dientes. Te acordás de todo eso. De lo que hiciste y de lo que no. Unas risas detrás de una persiana te acuchillan. No podés escapar de la ciudad porque no existe.
Un kiosco, una botellita de vidrio lleno de líquido negro y con burbujas. Seguís hacia ningún lado y llegás a San Telmo.
Te arrastraron recuerdos que ya olvidaste por un rato. Mirás a los ojos a los que te cruzan y algunos te miran y otros no, y casi siempre es lo mismo. Alguna vez te preguntaste de qué sirve callarse, pero esa reflexión era más que nada una necesidad, un anzuelo. Pero otra incertidumbre te apuñala en una intimidad de involuntaria lucidez: ¿quién podrá compartir tus demonios? Y las demás preguntas vienen en combo, pero ni te importan.
Qué ridículo te resulta ahora saber el nombre de los guitarristas que tocaron en Los Redondos, la capital de Mongolia, las etapas de la hominización, cómo analizar sintácticamente esta oración, las tesis de filosofía de la historia de Benjamín, la formación de Boca del 87, la defensa Caro-Kahn. ¿Serás el único hombre que fingió un orgasmo?
Conseguirías una pepa y te irías a dormir al puente de La Boca, disfrutando de los barcos silenciosos y el callado tufo. Ves una puerta negra, y una escalera que se hunde enmarcada en un telón rojo. ¿Seguís creyendo en los milagros de la espontaneidad? Vas a bajar pero querés dar una vuelta manzana. ¿Será que decepcionado de los motivos racionales no querés llegar a ellos? ¿Acaso te ilusiona evitarlos? Por el momento nada podés hacer con el mapa que te aprisiona salvo saberlo. Una vuelta manzana. Todo lo que te cruzás parece cubierto de una leve y constante capa de talco.
Volvés a la puerta, bajás la escalera, que tiene un descanso, dobla y sigue bajando hacia la derecha. Desde el descanso apreciás una sala espejada con luces rojas y azules. Hay un grupo (¿30, 40, 1000?) de coyas (¿bolivianos, jujeños?) algunos vestidos con jeans buzo y campera (como vos), otros con ponchos y gorritos de lana. Unos tocan el charango, la quena, el violín, el sicu. Unos están extasiados, bebiendo. Todos te miran. La música cesa pero la reemplaza un murmullo rápido, de frases breves y repetidas. Uno te señala y grita algo. Todos empiezan a subir corriendo la escalera. Recién ahí te das cuenta de que estabas rígido, con un pie bajando el primer escalón luego del descanso. El contraste con tu rápida huída es tan grosero que ni te das cuenta. Te das vuelta y subís la escalera a zancadas tan largas como no sabías que podías dar. Durante la persecución desesperada te acordás de Chaplin y de varias pesadillas, lo que te reconforta vivamente. De pronto te encontrás en el medio del parque Lezama., solo; hace rato que perdiste a lo que te seguían. Te sentás en un banco.
Te vas a parar en un rato. Vas a dudar entre ir a costanera sur o a La Boca, pero vas a emprender otra larga caminata hasta tu casa. Intentarás poner la mente en blanco. Te dirás que no vale la pena pensar en lo que paso o en lo que va a pasar. Vas a sonreír pensando en lo que te agobia apenas es el presentimiento de un recuerdo. Y tu sonrisa será amarga. Y te dirás que la nostalgia es soberbia. Y te dirás que no. Las esquinas se seguirán esfumándose un buen rato.
Al amanecer entrarás a tu casa y sin sueño cerrarás las persianas de tu cuarto porque sólo en la oscuridad quizás logres dormirte. Pero antes leerás un rato. Te sentirás cobarde. Te sentirás vivo. Querrás llorar y quizás puedas.

sábado, 6 de junio de 2009

Esto lo está contando mi abuela Olga Morelli, encerrada y mutilada en el Moyano por cuarenta años.


Nubes

Las nubes son maravillosas. Aunque mi mirada haya cambiado tantas veces, las visiones de las nubes permanecieron en mí como un interminable circuito de fascinaciones a cuya constancia jamás me acostumbré. Es que para decir con palabras las nubes… pero justo eso no importa; esto yo no lo estoy diciendo.
La primera singularidad que me llega en su percepción es la forma variable, muestra de su profunda hermandad. Y llega mostrando que es sólo una de sus singularidades
¿Cómo aislarlas, agruparlas, generalizar sus propiedades y constituciones? Es imposible describirlas, como los ojos. Por eso la poesía baila con ellos. Tanto hacer una descripción interna de su configuración como descifrar sus mutuas relaciones se me presentan como ejercicios menos sorprendentes que su observación ensoñadora. Y luego (luego, pero sin dejar de verlas) a veces llegan conmigo ciertas impresiones, ciertas emociones, como un secreto que cualquiera podría saber. Montañas leves alborotan las ciudades errando en cauces transparentes, manantiales de la imaginación. Amigas nuevas agitando cuidadosamente asombros recíprocos.
Me pierde sentir en ellas. Me deja quieta, deambulando por las habitaciones y el jardín, salpicados de soledades.
Ya no me importa, pero yo debo estar acá por las nubes. Por haberme encontrado con la diosa de las nubes, por soñar y obnubilarme en ella. Sólo que decir diosa es decir y yo no digo. La nombro diosa por decir, porque yo soy humana y digo; pero nada más. Los hombres no deben entender que pueda haber algo sagrado aparte de los hombres. Hay mundos hechos de nubes. De nubes vivas. Si bien esto puede decirse y sentirse, parece que no puede creerse. Ya no me importa. Ni los relámpagos ni las pinzas podrán quitarme la dulce voz de la diosa.
Ya no me importa quedarme acá. Extirpado el cuerpo sólo me quedará el alma. Ya di vida., y esa vida está afuera. Sigue, es fértil. Ahora soy la ruta de otros. Alguno de ellos, alguno que nazca cuando ya no esté, dirá sin decir esto, que yo no digo diciéndolo.
Nos mezclaremos de a ratos, jugaremos invisibles, formaremos un coro silencioso para contar la alegría de las nubes. Las serenas, las tormentosas, las transparentes…
Es que hasta cuando el cielo es azul hay nubes.
Yo quisiera ser una nube…

martes, 19 de mayo de 2009

Movimiento

Estos acrílicos están buenos, me gustan, me dan ganas de pintar, me gusta el azul, me llama. Voy a pintar el mar. Hace cuánto no voy al mar, no me tiene que pasar eso en la vida. Ahí el azul, el violeta, blanco, negro, amarillo, rojo poco, naranja verde para qué. Dos años. ¿Marrón? Voy a poner música. No. Qué despacio puedo hacerlo. Ayer volvíamos a 200 por la ruta 20.
Ayer todo fue rápido menos levantarme y desayunar con la nona y mamá que sí se iba rápido y Clau que ya se había ido, pero con la nona desayunamos tranquilas y miramos la tele un rato hasta que llamo él. Apenas un borde de plaza de costado. Ir porque los padres no van, bueno, está bien la casa es linda y tiene una linda vista de Carlos Paz y él quería ir en la Transalp que se compró el otro día. Apenas el cielo un poco, con un tinte rojo de cielo de las 8 de la mañana. Todo muy rápido, un día porque hoy si van los padres. A Clau no le gusta o creo que no le gusta. Ella elige estudiar eso y ganar su plata como la gana, no me tendría que juzgar. Y decir que es un creído porque es del Urca ya sabemos que no tiene nada que ver. ¿Y nosotros acá en barrio San Martín que somos? Andrés no era del Urca y yo no decía nada de su Clio nuevo y de sus invitaciones al restaurant del padre. Me gusta pintar las olas. Si, marrón salitre. Que lindo, la nona está haciendo ravioles.
El vértigo de las olas es diferente al de ayer que íbamos a 200 a Carlos Paz y yo cerraba los ojos y sólo quería llegar o morirme. Y lo había esperado en el parque contando las cotorras que había en una araucaria. ¿Hago gaviotas? Pará. Primero el cielo rugoso, como una hora antes de una tormenta. Ah, como los cuervos de Van Gogh pero grises. Gaviotas en V. Mezcla blanco y negro. Mezclar, coger. Va rápido como en la moto. Una explosión, una serie de espasmos, un resplandor con cosquillas en la panza. Yo empiezo haciéndole frente y después me entrego, dejo que me envuelva, me arrastre, me lleve y ya estamos otra vez en la ruta volviendo y yo lo abrazo, apoyo la mejilla en su espalda y cierro los ojos, quieta. Apenas salí un minutito al parque y a la vista del lago, pero él me llevó a la pieza apenas salió del baño. Yo sé que me hubiera quedado horas, pero pintar también es arreglárselas para cazar al vuelo del instante. Estas olas nunca dejaron de moverse. Pero estas olas no son él. Ni estas gaviotas. ¿Hombres-olas? ¿Hombres-gaviotas? Hombres-hormigas, hombres-nubes, hombres-hipopótamos, hombres-caballos, hombres-mariposas, hombres-plumas, hombres-espumas.
Yo sólo estuve con él, sólo cogí con él. Sólo estuve enamorada de él. ¿Estuve? Quizá el amor no sea absoluto. Asqueada. V en diferentes ángulos. Distintos movimientos de alas. Tan preciso. Es darle forma a un instante. Es dar un paso hacia un desierto que se puebla con ese paso. Va a ser llenar la vida de otras formas. Salir de la baba incesante, o bucearla. El transcurrir de las olas. Dejar de salir, ir a los pedos al boliche, hablar con las otras novias, entrar a la casa haciendo poco ruido y coger y estar exhausta y después mirarle los ojos al perro al amanecer, irme con el perro bajo los pinos mientras él duerme y siempre así, con las variantes tan sabidas.
Vendrán los hombres-niños y los hombres-agujas y los hombres-silencios. Yo seguro tendré silencio. Como éste. Y si hay otras formas de ir por ahí y de estar, de coger y de despertarse. Y debe haber hombres-lágrimas y hombres-panes. Y que miren a la nona. Un silencio plataforma, un espacio a recortar. Darle forma a un instante. Esto. Callar la paz de un silencio, a un silencio.
Y un cuarto creciente finito y transparente. Que pocos lo vean. La verdad, que buenos acrílicos.

viernes, 6 de marzo de 2009

Nota a “Jacarandá”:
Lo que cuento aquí es cierto. No sólo metafóricamente; ni esta nota es un recurso realista. Lo cuento a pesar de ello. Apenas fragüé la alteración de un rasgo circunstancial para que, además de la forma narrativa, exista otro elemento artificial.





Jacarandá

Ella había nacido en noviembre, el veinticinco. Noviembre, que es violeta y verde, como ella. Él había nacido en enero, el veinticinco. Enero que es amarillo y verde, como él. Eran hermanos.
Él la tomaba de la mano, concentrado. Escuchaba la canción que ella cantaba entre la fila de jacarandás que bordean el parque por la calle Patrón. No podía retener más que el estribillo, “Al este y al oeste…” y todo eso. Era muy chiquito, pero no se daba cuenta. Y más que nada, eran compañeros de risa.
Ella era unos cuantos años mayor. La canción decía que eran celestes, quizás por exigencia de la rima, quizás porque el violeta sea, de alguna forma, celeste. Las flores explotaban en noviembre, salpicando las alturas de la ciudad con esa mágica conjunción de colores, y luego cubrían suavemente las veredas, pero él se dio cuenta de esto mucho más tarde.
Ella había muerto hacía ya tiempo y el salió una noche de noviembre a pasear a su perro. Fueron a la plaza y cuando volvían en la esquina en la que Alpatacal desemboca en Lisandro de la Torre, pasó. Un globo violeta rebotaba hacia el medio de la calle, soplado por un viento. Él salió corriendo a buscarlo. No prestó atención al tránsito, pero la calle estaba desolada en ese momento de la noche. No se sorprendió en ese momento, aunque si más tarde, de haberse sentido un niño mientras corría a buscar el globo.
Pensó en ella cuando, con el globo bajo el brazo, volvió a la esquina a buscar al perro, que lo esperaba bajo el jacarandá.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Excursión a los indios tranquilos

Estaban los seres extrañísimos amigos de los bosques revolcándose en la arena de una playa. Omanes decidían hacer una travesía para encontrar a unos que supieron que había. Algunos salieron de todos y todos se fueron. Atravesaron los bosques y los campos que terminaron y saltaron al desierto de dulces montañas silenciosas y curvas. Tanto entraron y saltaron el desierto que los sofocó la sed. Entonces bebieron de un estanque primordial del cual eran viajeros. El agua y las estrellas los acompañaban.
Llegaron a unas rocas y entre ellas estaban los que habían ido a buscar y se encontraron. Se vieron y se dijeron, entre los titubeos de la sorpresa la serena intrepidez bailándolos sin darse cuenta. Se llevaron a los reparos a tomar el alimento, cantarlos, contenerlos. Omanes se balanceaban de contentos y los otros también, diferente, absortos unos de otros. Todos eran regalos.
Pero no se sabían. No sabían qué los otros sabían y los omanes los buscaban, curiosos. Y los indios quisieron compartir su secreto, derramar en ellos la diferencia que admiraban. Los llevaron a través de la noche de la luna del silencio, despacio, a la entrada de la cueva para que los omanes vieran el sueño.
Esperaron cantando y rondando los alrededores, hasta el alba que cobijaron y soltaron, y un ratito más. Fue que los indios tranquilos se fijaron en la cueva y el resto también. Y la cueva tenía dos entradas, que se parecían en forma y en tamaño. De la entrada derecha salió uno que no se parecía ni a los omanes ni a los indios; era del color de la tierra y las rocas y confundía su contorno con ellas. Ése conoció a todos al salir y todos sintieron como si estuvieran en el momento de un abrazo anhelado. Entró a la cueva por la misma entrada y poco después salió por la izquierda. Los omanes vibraron ante una dulzura intensa como la respiración, puesto que no sabían que iba a volver a salir. Ellos, los indios y el que salía, estaban más dichosos. Volvió a entrar por donde había salido y su gesto era de felicidad.
Esto se repitió varias veces, tantas que la saciedad llegó a todos. Y cada vez que surgía de la cueva, se parecía más al mundo.
Pacto

Siempre supe que haría un pacto con el diablo. Salimos del club Portugués y la acompañé hasta la parada del 44. se fue y caminé las cuadras del vuelta hasta la facultad. La oscuridad de los edificios y las tipas se proyectaba en la noche que cubría Pedro Goyena. Ella sabía que yo había ido a verla en auto pero no me pidió que la alcanzara ni yo le ofrecí. Volví a mi casa en silencio entre el escaso tránsito de las diez y media de la noche.
Entré a mi casa con el escalofrío de haberme dado cuenta de que sólo estaba el perro. Mis familiares habían salido, inesperadamente. “Vamos a la casa de x, volvemos tarde”, decía un papel sostenido por un vaso. Acaricié al perro un momento, lo miré a los ojos, le sonreí pero ya no me miraba. Los perros no sostienen la mirada.
Fui a la cocina a hacerme un té y el perro me siguió. Busqué la bolsa y le di su comida. Elegí el té verde y lo preparé. Miré al perro comer y dejé la taza de té reposar un buen rato. Lo tomé. Me quedé absorto en el silencio de mi casa. Veía las cosas alrededor imantado en la serena apertura de un vacío. Pasó el perro lamiéndose el hocico y moviendo la cola vigorosamente. Decidí llevarlo a la plaza.
Era la noche anterior al novilunio y se veía unas pocas estrellas. La C invertida en el cielo parecía una marca maligna. La calle se hinchaba en la quietud del panorama. Los coches pasaban como una excusa del mundo. Los pocos hombres y mujeres que cruce parecían vivos.
En la esquina por la que me interné en la plaza había un rejunte de ramas y basura. Caminé hasta el palo borracho y toqué sus espinas. Vi a través de las ramas de otros árboles más altos unas pocas nubes rojas.
Volviendo, sentí el silencio de las casas. Detrás de unas rejas negras y una ventana con cortinas blancas, fosforecía una televisión. Seguí caminando. En un patio de baldosas iban caracoles, y un camino de hormigas trepaba la pared cruzando el azulejo de una canilla.
Entré a mi casa despacio. El perro se acurrucó. Lo saludé y me fui a mi pieza, buscando en mi cuerpo el cansancio. Al acercarme a mi cama me desanimé: había brócoli tirado por todos lados.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Lo interno de lo externo

La meperidina es un opioide, se usa como anestesia. Yo se la conseguía a través de un viejo amigo que trabajaba en la terapia intensiva de un hospital de Buenos Aires. Yo escribo esto ahora porque ella está muerta.
Nos conocimos en el inmenso parque de la casa en la que ella vivía. Cada uno supo de inmediato cuanto el otro aborrecía los condicionamientos de la abundancia. Fuimos novios por un tiempo pero no tardamos en darnos cuenta de que nuestras soledades no coincidían. Teníamos dieciséis años. Estuvimos mucho sin vernos. Yo emprendí el inevitable viaje a Europa. Oriné en el Támesis, en el Sena y en el Arno. Cuando volví, luego de algunas largas vacilaciones me fui a esconder a los tambos de mi familia en Capitán Sarmiento. Conocí a María Thomas, nos enamoramos y formamos una familia. Con los años construí mi austeridad.
Volvía a San Isidro cada tanto ya que proveía a un almacén del centro de queso de campo. Un día la vi pasar y la corrí. Y caminamos. Había poca gente, creo que era sábado a la mañana. O viernes pero había poca gente. O no vi mucha gente. La vi a ella. Caminamos los asombros del reencuentro y nos sentamos en un banco de la estación. De la charla no me acuerdo. Sí puedo escribir acá algunas cosas que sé que me dijo esa mañana en el banco de la estación.
Sé que me dijo que nos habíamos separado para encontrarnos siempre. Sé que me dijo que sólo fuera del tiempo y el espacio se sentía libre y brillante. Se que me pidió que la acompañase hasta su casa (vivía en un departamento a unas cuadras de la estación) y en la puerta me dijo cual era el timbre y que la fuera a visitar alguna vez. Me besó en la mejilla y entró.
La dueña del almacén me dijo que le pareció raro cuando me vio caminando con ella porque nunca la veía con nadie. Me preguntó si era verdad que era rica.
Acassuso 246 timbre 12. Casi un mes después. O un poco más. Bajó a abrirme y subimos dos pisos por escalera. Un departamento a contrafrente, cómodo para una persona, algo chico, común. Salvo por las paredes. En cada pared de la sala, salvo en una que había una salida a un pequeño balcón, había un cuadro. En cada pared de su dormitorio, salvo en una que había una ventana, había un cuadro. En cada cuadro, salvo en el de la cabecera de su cama, donde la joven era la misma que la de un cuadro de la sala, había una joven mujer diferente.
Los cuadros abarcaban casi la totalidad de cada pared. No me acuerdo de todos. Los que compartían la modelo los recuerdo. El de la sala mostraba a la chica vestida de negro, tocando el piano con los ojos cerrados. En el de la cabecera de su cama, la chica saludaba sonriendo, vestida de payaso. En otro que había en la sala había una mujer pelada mirando melancólicamente una ventana, con un estetoscopio colgado.
Le pregunté por los cuadros. Miró alrededor, distraídamente acaso. Dijo que los pagaba bastante caros, por suerte para la piba que estudiaba Bellas Artes en parte gracias a ello. Cada uno tenía su historia, pero los tenía ahí pintados para dejar de contárselas. Sin embargo me dijo que eligiera uno. Yo le señalé el de la chica vestida de payaso. - ¿Por qué es la misma chica que en el otro cuadro? Y señalé la otra habitación.
- No tiene importancia. Lo que importa ahí son los zapatos. Zapatos largos y redondeados de payaso.- Los seguía mirando cuando ella volvió a hablar. Dijo que cuando era chiquita se imaginaba que todo el universo era una molécula de un zapato de un payaso que hacía malabares en un circo. En ese momento sólo recordé lo tristes que me parecían los circos cuando era chiquito. Ella cerró los ojos.
Quería su anestesia, desaparecer entre el tiempo y el espacio por el territorio inimaginable en el que ella podía brillar. Y ser no era una cárcel.
Era su última dosis. Me pidió y desde entonces cada vez que volvía del campo visitaba a mi amigo y le llevaba a ella las ampollas.
Una mañana llegué y había un par de personas en el departamento, que me pareció repleto. Eran médicos, familiares y no sé quien más. Quizá el portero. Decían palabras como suicidio, sobredosis, asfixia. El familiar, el médico, el asesino, el testigo, se enfrentan a algo fascinante que casi nunca pueden conectar. Ven tan de cerca como un ser pasa a no ser o a ser de otra forma. Asistimos desencajados a esa enigmática disolución del espíritu, imposibilitados de comprenderla completamente. Las ridiculeces tienen dónde apoyarse en estos casos.
Cuando logré irme sólo sentía que ella ya no estaba, y eso dolía. Acaricié las ampollas en mi bolsillo y entré a mi camioneta.
Cerrar los ojos – no abrirlos más – y que la dulce noche te penetre toda – y te lleve
Subí a la panamericana y corrí a ver el campo. La estupidez es el camino para nosotros, los que soportamos la vida.
Sé que algo queda. Sé que no todo puede decirse. Sé que nos separamos para encontrarnos siempre. Como cuando me despierto en el medio de la noche y en silencio, te llamo, en silencio

jueves, 2 de octubre de 2008

Con un demonio


Volví a mi casa demasiado temprano; encontré a un demonio y hablamos... y hablamos... El dolor de la experiencia consistió en la poca trascendencia de los temas. No pude interesarme por nada. Yo falseaba alguna petulancia, algún rasgo escrupuloso o patético. Nada. Forzados a proseguir nuestro encuentro, compartimos un paseo por la vaga contemplación de la luna tajada. Él no decía cosas magníficas, no me proponía arduos dilemas, apenas largaba carcajadas nasales y recorría los canales, o se fijaba en absurdos dolores que no eran míos. Fruncía el ceño y decía aventuras de palabras que me desolaban en las distinciones de sus significados. De pronto levantaba un monumento a la verdad, a los conceptos absolutos de su sol negador. De pronto me impugnaba mis escudos que loaba. Rasguñaba silencios que no alcanzaba, se servía su copita de Fanta. Me empezó a pegar y a rogar que no lo dejase solo. Yo ni me sentía exhausto. Aunque me desmayé, lo vi pestañear su credulidad, asombrado de su penúltimo silogismo camuflado. Rastreé sus empresas que más bien tendieron a parecerme estériles, desayuno de por medio, disimulando mis ajetreados hilos de sangre. No dejé de masticar la gomosa medialuna. (Todo esto es cierto). Volvimos a hablar relojeando la luna entre las ramas. Las luces se tragaban mis gomosas palabras laterales. Ya, si, me había dado cuenta de que estaba acostado como siendo su marco. De esto se trataba toda la vuelta, el torniquete de secretas angustias, el impulso vago de la súbita creencia corporal en el destino. Yo sabía que todo estaba en la cabeza; y en los pies; y en los ojos, portadores de la luz. Yo no me voy a levantar y a leer esto o aquello. Su lengua vence los espacios vacíos. Posee varias cualidades adhesivas muy efectivas dentro de los paradigmas de la maravilla cotidiana. Es, varía, se describe, se apresura, se excita como un deseo, o mejor mirado, como un motivo. Hay quien muestra describiendo una pretensión, y fustiga con sus achaques, y machaca lo de no poder sino pretender. Y acá me veo con el laberinto en el marco. Marca variada y penitente, audaz refugio, me siento plantado acá, temprano, una canción partida. Y su saliva se pega en el paladar sin que su voz pierda su astuta demanda de invocación inspirada, cambia los canales, o se lava los pies, con la dulzura propia del que creció en una familia amorosa, que se abrazan de aquí para allá. Hay un recelo en su gesto conciente y ciego. No entiende como se le metió el enano por la oreja.

jueves, 31 de julio de 2008

La monja

El señor Ox iba por Jaramillo y dobló por Crámer a la izquierda, para el lado de la estación Belgrano R. Se sintió oprimido por la calle aunque no era muy angosta pero si de doble mano. Analizó minuciosa y comparativamente ese sentimiento. Agacho su cabeza un momento. Sin dejar de caminar miró su pantalón de vestir gris oscuro y los zapatos negros un poco gastados. La chica que cruzó, de pelo corto y pollera larga no podía tener miedo. Nadie más que él podía tener miedo en ese enjambre circunstancial. Una sólida atmósfera vacía gastaba el panorama. Una redoblada composición de gestos vertidos en la laboriosa civilización del acero. Era imposible en el destello mismo de la mitad de cuadra apartarse de la visión de estar recorriendo las cíclicas filas de los nichos en cualquier instante de la madrugada. La parsimonia, la solemnidad de la vida. Él no creyó ser alguien extraordinario ni un sabio que venía a iluminar la gloria de la existencia. Sólo por casualidad el señor Ox se encontró frente al furor.

(Estaba manejando por una avenida y de pronto vio un tumulto a una cuadra. La gente estaba saliendo de un recital, pasaba entre los autos. Como había frenado en un semáforo, el primero en la fila, tuvo un claro delante y cuando se puso verde pudo acelerar. Había apuntado hacia un grupo, dejándose languidecer. Cuando sintió el golpe seco, frenó y cerró los ojos apaciblemente. Habían muerto cuatro jóvenes. Él declaró que se había descompuesto. En la revisión médica se verificó una pequeña arritmia que no costó vincularla con el suceso. Le quitaron el registro de conducir. La semana siguiente había sido cotidiana para el señor Ox.)

No movió la cara. Por más que lo anheló, sus flancos no se volvieron difusos. Atravesó esquinas casi sin pensar con palabras. Cuando llegó al sector en el que Crámer se ensancha no se sintió aliviado. Ya alguna vez notó que de todas formas no parecía una avenida, por más que las confiterías y demás comercios y la doble mano y el ancho brindaran sus atributos. “Rivadavia es una avenida”- se dijo mirando para arriba. No prestaba atención a los árboles, cuyas especies desconoció siempre ni a los rulos de las chicas que de tanto en tanto pasaban. Ya no.

No quería calcular las cuadras pero supo a cada instante donde estaba aunque la imagen que se le presentó cada vez con más insistencia fue la de un náufrago con brújula. “El carácter demasiado abstracto de la misma –sentenció para sí- me desagrada casi tanto como su leve tinte misericordioso”. Sonrió y despreció aquel dictamen. Se dio cuenta, sin demasiado asombro de que cualquier afectación intelectual interna había dejado de provocarle la mínima emoción. “Soy inmune a mis metáforas – pensó- y volvió a sonreír sin boca.

(Había esperado pacientemente una nueva ocasión.

El nunca había querido llevarse el viejo revólver de su padre, así que había quedado guardado en la casa de su madre desde que ella enviudó. Un domingo a la noche, el señor Ox terminaba su postre preferido cuando escuchó ruidos extraños en el fondo. Calmó a su madre, fue al placard a buscar el arma, que encontró cargada. Su madre, extrañamente, sonreía. Eran tres los intrusos y uno de ellos le disparó cuando el señor Ox abrió la puerta en penumbras.

Mientras llegaba la policía, el señor Ox reflexionaba acerca de su infancia, de sus juegos en el fondo de su casa, y de cómo hay cosas que no se olvidan. En la comisaría los agentes calmaban a su madre asegurándole que la legítima defensa estaba plenamente probada y que su hijo no tendría problemas. En otra oficina, el señor Ox reflexionaba tomando un café. Ya tenía claro desde el principio que no iba a ocultar su autoría en ninguna de las muertes. Ahora se le esclarecía la serie. Habían sido cuatro, eran tres; serían dos y luego uno.)

La sensación de caminar sin darse cuenta de los pasos. Azar en los pies, bola de rivotriles. Muecas a las veredas ensanchadas. Azar de las miradas y lo que enseñaron. Miradas de monos para siempre anidadas. La cruel menstruación de las ideas sin palabras. Un rosario de madrugada a través de los nichos y sus ansiedades y las equivocaciones cobardes. Los hasta cómo. Y las fronteras del relato.

No, no… vocearán befas. Acusarán escudo de impotencias. Como profesional entrenado, salir a explicarlo todo: lo que se sabe, aguando la fiesta. Tibieza fetal que engendra tempestades. La muestra diáfana del ojo dislocado. La sensación de haber dejado de caminar pero nada, nada cambió

(Con el asombro por la carencia de sospechas bien argumentadas se había ido a su casa.

La madre había llegado a su casa un día que no le esperaba. Esa vez le iba a presentar a una monja vieja y muy baja, vestida con hábitos grises. La monja lo miraba como un nenito a una mariposa, la madre sonreía. El señor Ox había pensado que no debía rechazar una ayuda espiritual para no levantar sospechas. Estaba dispuesto a aburrirse un rato con la monjita como alguien que busca consuelo. Ese día, sin embargo, la monjita lo había sorprendido. Le dijo sólo dos cosas: a ella no le importaba si era o no religioso, tan sólo quería ayudarlo a que, como todos, descubriera y realizara el sentido de su vida; lo otro que le dijo fue que necesitaba una pareja y ella lo iba a ayudar- luego se fue.

Al señor Ox le había sorprendido lo expectativa que la monja había sido con el segundo ítem. La siguiente vez que se encontraron ella había concertado una cita con la kiosquera de la esquina de la casa del señor Ox. Él había titubeado. Había preguntado a algunos de los vecinos que la conocían cómo era ella. A pesar de las historias que le habían contado sobre los cuernos que solía ponerle a sus parejas, él había accedido a conocerla. Pronto se habían hecho novios y hasta se habían comprometido.

Una noche la kiosquera se había encontrado con otro. El señor Ox, como de costumbre la venía siguiendo. Con alivio, vio que entraban a su casa. Alrededor de una hora después entró y los mató en su cama. Luego llamó a la policía.

La situación era complicada – le habían dicho sus amigos de la comisaría. Y lo era. Las semanas que había pasado en el calabozo primero y luego en el asilo habían sido penosas para el señor Ox, a pesar de las atenciones de los oficiales. La mediación de la monja, al menos, había sido más poderosa de lo que él había imaginado y al cabo de esas largas semanas había sido liberado bajo su tutela. Ella había parecido ejercer una influencia prodigiosa en la aceleración del proceso por estos asesinatos cometidos, según sentencia, bajo emoción violenta.)

Pocos minutos esperó el colectivo. El 80hizo la curva rápido pero frenó bruscamente y la puerta se abrió frente al señor Ox. Subió como si hubiera esperado mucho tiempo. Dijo: “ochenta”. Eso lo divirtió en otras ocasiones. Metió el boleto y veinte centavos en el bolsillo y se sentó en la anteúltima fila de los asientos de dos, del lado de la ventanilla.

Los domingos al mediodía ni los colectivos ni las avenidas suelen estar muy cargados, y el viaje del señor Ox fue considerablemente rápido. Nadie se sentó junto a él. Las barreras estaban abiertas cuando el colectivo llegó a ellas. Poca gente subió o bajó. Constató una vez más que mirar es inevitable. Ni probó cerrar los ojos. La ventanilla, el cielo, que no era el cielo, era arriba. Y el suelo era abajo. No sintió somnolencia, como hubiese sido justificado y en Liniers subió mucha gente que quizás venía de la estación o quizás no. Bajó unos minutos después y camino hacia el hospital por la vereda de enfrente de la plaza. Cruzó, camino otra media cuadra y llegó al hogar que tienen las monjas a un costado del hospital. Salió la monjita apenas el señor Ox llamó en la entrada. Antes de atravesar el patio hasta la verja le preguntó si había perros. No había. Dio entonces unos pocos pasos sonriendo y abrió la puerta de rejas. Mientras entraba, la monja le contó que unos días atrás un perrito la corrió ladrando por esa misma cuadra y cuando la alcanzó la tumbó con las patas delanteras y se fue dejándola boca arriba mirando las ramas de los jacarandás. “Son jacarandás” –pensó el señor Ox.

(Si bien el señor Ox estaba visitando a la monja para mostrarle agradecimiento por la ayuda que le dio no esperaba que ella pudiera iluminarlo en su preocupación fundamental en ese momento –completar la serie de muertes- y él tampoco planeaba tocar el tema con ella. Habían conversado poco tiempo. Unos diez minutos. Luego se habían despedido cordialmente. Él caminó hasta la esquina de Patrón y Pilar, esperó el 80. Cuando llegó, miró fijamente la rueda delantera derecha y se zambulló.)

La monja salió a ver el alboroto. Un instante. Fue hasta su pieza y añadió una cruz en una hoja de su cuaderno blanco. Pensó en ir a arreglar el alambre de púas del jardín.

martes, 6 de mayo de 2008

Nota baño camping

Buenas tardes. Ante todo quería agradecer a los que hacen esta revista dedicada a informar a todos los que quieren disfrutar de vivir en la naturaleza en todos los campings del país. Y gracias también por recibir estas palabras que ahora escribo.

Quisiera contarles unas cosas no del todo agradables de oír pero que si en algún lado tienen que estar escritas es en su publicación.

Más que nada me quiero referir a mi estadía y la de mi familia en el camping San Pierino, como ustedes sabrán, sito en una de las localidades más pujantes de la costa atlántica del país.

Llegamos allá y resultó que no había bungalows, así que debimos recurrir a la carpa, que siempre llevo. Lo que además me iba a permitir recurrir a varios implementos que adquirí bajo sugerencia de la presente publicación.

Cuestión que armé la carpa con ayuda de algunos de mis familiares y cuando me disponía a enchufar la lámpara para proceder al asado, realicé que no andaba el tomacorriente. Resultado: discretas empanadas de carne y pollo de la proveeduría y las disculpas de los empleados por el inconveniente que a decir verdad, al día siguiente se solucionó.

Eso, vaya y pase. Ahora, cuando al día siguiente a causa de la falta de bungalows tuve que hacer uso de la ducha y los baños del susodicho camping a ver ya me abatato de tratar de ponerlo acá se pasaron de la raya por así decirlo. Siendo que había salido de la ducha y sólo con el short de baño puesto me apronté a cepillarme los dientes con todos los cuidados que la situación requería, siendo el lugar apenas apto para la higiene. Con la boca llena de crema dental me tocan el hombro, un chico. Quince años máximo. Que me dice que estoy con la canilla abierta, y de esa manera derrochando agua potable. Me mira con cara seria y al ver que me lo quedo mirando, cierra la canilla y sale de las instalaciones sanitarias. Puedo asegurarles yo que en ese momento podría haber pasado cualquier cosa. Podría ir a buscarlo y sopapearlo o matarlo, o que se yo. Porque yo SIEMPRE cierro la canilla mientras me lavo los dientes. Desde chiquito, que una vez viendo Alf alguno de los personajes mencionó que esa es una de las acciones que ayudan a salvar al mundo o algo así. Cosas que le quedan a uno. Y ahora, en esta situación tan incómoda y de tensión venía un mocoso a decirme como comportarme en relación a las canillas. Y la camisa que iba a usar estaba mojada.

Cuestión que salí del baño embroncado como veces pocas. Sentía el corazón latiendo muy rápido, busqué con la mirada al pibe y no lo encontré. No sé para donde se está yendo el mundo. Sin ir más lejos al rato me crucé con uno del camping que me dijo que iba a haber un bungalow disponible en dos días. Yo nada más le dije “bueno, bueno”, pero tenía unas ganas de decirle de todo, de preguntarle si el pibe era del camping, o si no tenían reglas de respeto a los mayores o si dejaban entrar a cualquiera. Pero sé que si abría la boca más de lo debido iba a decir sólo groserías, malas palabras. Yo tendría que haber estudiado abogacía.

La cosa es que todo este incidente me amargó el viaje de vacaciones y más también. Porque empecé a sentir toda una especie de molestia en cada lugar que estaba y unas ganas de que todo sea diferente. Además sentí y sigo sintiendo que las cosas que hacemos en la vida no nos llevan a ningún lugar claro, espero me sepan comprender y estoy dudando si vale la pena, por así decirlo. Estas cosas quería comunicarles con el fin que se ponga en consideración la importancia de una buena atención en los campings del país. Por otra parte quería también decirles que soy un poco rengo.

jueves, 14 de febrero de 2008

En tránsito

Muchos omanes se reunieron en la llanura fatigada. Por ella irían e irían. Casi ninguno opinaba ya que no había nada del otro lado. Unos cuchicheaban que no había otro lado, y reían. Todos lo imaginaban. Una vez más la curiosidad prevalecía. Eso y el encanto hipnótico del verde. Se llevaban a cada uno y cada uno llevaba la nostalgia de cada paso que daba. Tantos hermanos trazaban las generaciones que los habían mecido y los mecían por los caminos que creaban no para volver sino para que otros vinieran.

Omanes andando, duraznos caminantes. Nubes de sol y de sueño. Vivientes del sueño en el que las nubes pueden tocarse. Envueltos, encaramados de nube, caminaban. Multitud de huellas. Hermosos octógonos irregulares, constelaban.

Un omanes, de cuerpo granizado de verde y violeta en su lomo amarillo, vio un río abundante. Quiso corresponder a su generosidad y se zambulló y se dejó llevar. Desde una colina, tres omanes lo vieron serpentear y lo siguieron. Llegaron al mar y en la orilla muchas noches se saludaron con los que cruzaron el río y siguieron. Hacía muchos omanes que omanes no veían el mar. Otra vez un silencioso encanto que de las costas irradiaba hacia el encuentro de nuevas alturas, los besó como un nacimiento. El mar pronto sería la orilla. Días de madera, de los primeros cantos, y de curiosas ansiedades que se sacudían solas. El camino los siguió sacudiendo, pero ellos veían en el cielo las huellas de sus amigos, que fulguraban como sonrisas imaginadas.

Días de tierra y de miradas emergieron de los trayectos de los omanes caminantes. La amistad musical de los árboles y sus maderos, viento de los misterios resplandecientes. Omanes al paso de sorpresa junto al diluvio de variantes animales. Y la flor abierta de los caminos. Y los demás asombros de verse juntos en las diversas nostalgias.

Como los omanes no contaban el tiempo, no supieron cuando se volvieron a ver los dos grupos, ni hacía cuánto que no estaban juntos. Tampoco sabían exactamente si eran ellos los mismos que se habían separado en aquel río. Estaban confundidos, y se decían “agua” y se decían “tierra”. Asentían pero no sabían que hacer.

Sin embargo no tardó mucho en surgir una fascinación extendida entre lomos de colores y dibujos siempre nuevos en sus distribuciones. La seducción les hacía bien. Los ojos no querían contener las sonrisas. Inauguraron un festejo que se multiplicó y los multiplicó.

Algunos omanes del agua llevaron al mar a algunos de tierra, y algunos de tierra, y algunos omanes de tierra mostraron los senderos a algunos del agua. Se decían entonaciones que saludaban de entusiasmo en cánticos ensoñados. Así, el sol y la luna.

Bordeando la costa encontraron un río. Había los que se quedaban en la desembocadura y se iban con el mar y volvían. Estaban los que entraban a la tierra junto al río, a los bosques, las colinas y los valles.

Siempre se encontraban.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Aproximaciones a un adicto a la nada

- (…)

- No. No puedo decirlo ni ocultarlo. Apenas alcanzo a distinguir los bordes, y te respondo observándolos. Fascinación endemoniada. Yo me pregunto si te alcanzará lo que te muestro. De todas maneras, amigo, sé que no puedo mostrarte más.

- (…)

- Yo no nací. No nací nunca.

- (…)

- Los hombres-maquina viven a través. No te los puedo describir ahora, pero son como lo contrario a la gente sentada a la vereda.

- (…)

- Electroencefalograma plano. Los recuerdos de un ñandú que viste en un instante yendo a 150, cruzando el valle de Río Negro. Los recuerdos de ese ñandú.

- (…)

- Aparece algo así como una intuición de maniobrar con la mente cuerpos. Y una seguridad casi cínica de poder lograrlo. Es una aceptación de estar en condiciones. Una fragua. Pasan ciertas cosas.

- (…)

- El ciego y paralítico de la casona de la calle Arribeños. Sentado en la silla. Detrás, el equipo de música. Por la vereda pasa alguien que nació en Macao. Piensa un rato que decirle al primo. Lo llama al fin, pero el primo ya se tomó el tren Mitre-Tigre y está en Béccar cantando con la novia. Eso que pensó decirle al primo.

- (…)

- Hay tareas. Ser un silbador abundante. Abandonar el proyecto de la serie de asesinatos. Ágil multiplicador. Esas cosas entonadas lo mejor posible para no defraudar a ciertas potenciasen las que no creo.

- (…)

- Elegir es peligroso.

- (…)

- En cuanto a que esta es una situación única. Un quiebre en la administración, que por cierto siempre queda más o menos contaminada de bien público. Y de otras farsas de igual o más cobardía.

- (…)

- Mi abundancia material es intensa. Salta a la vista. Me despreocupo de ello. Me concentra el daño que les hago a los demás. El daño plural me moviliza. Atiendo esas inquietudes. Busco que prevalezca eso que es antiguo y adelantado llamarlo absurdo.

- (…)

- No.

- (…)

- A mi me gustaría ser el último de todos. Es a lo que aspiro. Regado de denominaciones, me evoco en la falta de secretos.

- (…)

- Ya no busco eso. Es un paso: nunca me importó. Tampoco busco un fin último que encaje con lo que vivo. Una vasta sensación que repercute en imágenes y planes dejados de lado. Liquidación de lo que pasa y de las estructuras que se forman. Bloqueo. Paso incómodo. Clausura. Lo claro es lo oscuro.

- (…)

- Alzheimer.

- (…)

- Perforado, por supuesto. La identidad turbia provoca. Pero parte del juego sin reglas es esquivar esas vacilaciones propuestas. El nudo de las perplejidades está en la mirada. Es como una rima. Un aturdimiento sincopado.

- (…)

- Confrontarse a las evidencias, en lo que a mi respecta, es una tarea confortable en vistas a dialogar con inocencias.

- (…)

- Esquivos a lo abrupto que mis gestos señala.

- (…)

- Si, pero eso no lo puedo decir.

martes, 27 de noviembre de 2007

La rueda

Aníbal llegó a su casa, caminó el pasillo y abrió la puerta de chapa. Desde el patio oyó el bochinche. Otra puerta y tuvo ante él a los chicos desparramados en la alfombra jugando a la ruleta. Pateó una ficha. Olió pollo, qué alegría. Fue a la cocina a saludar a Elena. Estaba aplastando papas, iba a haber pollo con puré. Estaba subiendo de peso Elena.

- Los chicos de Eli ya se van. Eli ya los llamó dos veces- Elena le sonrió a Aníbal. – Andá a la mesa, estás cansado.

-Si, si, si.- Aníbal acarició a Elena yéndose. Se sentó.

Se escuchó la voz de Eli amenazando a sus hijos. Nico y Fede se levantaron y saludaron un poco molestos. Rápidamente decidieron una reunión a la tarde del día siguiente para seguir con la ruleta. Se fueron corriendo por el pasillo y la puerta del departamento a la calle resonó cuando los tragó.

Comieron alborotados, viendo la tele. De pronto Aníbal se dio cuenta de que se había quedado mirando a Facu. Los demás también se dieron cuenta, así que se sintió obligado a decir algo.

- ¿No estás grande para jugar a la ruleta?

- ¡Eh! – Se defendió Facu- Si yo tengo trece y Flopi 15. Decile a ella. Y Fede tiene quince también.

- Yo ya tengo nueve- dijo Franco muy seriamente.

Flopi se sonrojó pero nadie lo notó. La conversación se deshizo.

Terminaron de comer. Flopi y Elena llevaron las cosas a la cocina. Franco se fue a la pieza. Facu y Aníbal se quedaron en la mesa viendo la tele. Un rato más tarde se incorporaron Flopi y Elena, que mandó a dormir a Franco. En la tele se fueron al corte y Flopi y Elena empezaron a charlar. Aníbal trataba de acordarse lo que había que hacer con más urgencia en el taller: los frenos del Palio de Leo, la correa de distribución del Clio de Mario, ah, y cambiarle los amortiguadores al Gol de Sergio. Que bodrio ese Sergio... Flopi ya no estaba. Elena le trajo un café y charlaron un rato. La entrega que tenía que llevarle a Marina al día siguiente la preocupaba a Elena.

- ¿Lo tenés listo?

-Casi. Mañana lo termino y lo reviso así Marina no me jode.- Elena se levantó. - ¿Podés cortar Flopi?, o decile a Mica que llame ella.

Al minuto sonó el teléfono. Aníbal se levantó, llevó el pocillo a la cocina. Volvió y fue a sentarse al sillón. Pateó otra ficha. Miró la ruleta abandonada en el piso. Iba a rezongar que guardaran todo eso, pero se calló y se prendió un cigarrillo. Habían vuelto del corte.

Pasó Flopi y lo saludó con un beso en la mejilla. Se iba a dormir, dijo. Llegó Elena y se sentó en el otro sillón. Comentaron algo de la tele y después Elena dijo que se iba a pegar una ducha y después se iba a dormir.

- Cuando termines voy yo- dijo Aníbal, y prendió otro cigarrillo.

- Bueno- Elena entró al baño. Otro corte.

A Aníbal le causó gracia una publicidad y resopló una risa. Después volvió a mirar la ruleta.

Cuando Elena salió de la ducha hacía rato que estaba girando. Aníbal estaba arrodillado y cuando Elena entró, no la miró. Ella salió al patio un momento. Volvió y se acercó a Aníbal.

- ¿Qué pasa?

- No para.

Se agachó Elena. En cuclillas observó un rato lo que veía Aníbal. Le empezó a doler los muslos. De pie, le dijo a Aníbal que se iba a dormir. Él se levantó y fue a pegarse una ducha.

Había decidido irse directo de la ducha a la cama, pero tuvo que ir a buscar el paquete de cigarrillos a la mesa, apenas se asomó para ver la ruleta, que seguía girando silenciosamente.

Se durmió pensando en los asuntos del taller. No soñó, o al despertarse no recordó haber soñado. Se levantó muy temprano. Hizo café. Fue a ver la ruleta, seguía girando. Tomó el café. Se vistió. Dejó en la mesa un cartel con letras bien grandes.

NO TOQUEN LA RULETA O LOS DESCAJETO A PATADAS

Subió a su Renault 9, que dormía en la calle, pobrecito, y dobló en Juan B. Justo. A media cuadra de llegar al taller de la calle Iturri, divisó a Sergio que esperaba apoyado en su Gol.

Volvió cerca de la una, con bastante hambre. No supo que era el silencio lo que lo puso nervioso cuando entró. Rápido se dio cuenta de las personas que no conocía, sentadas a la mesa. Un flaco, joven y bien vestido y un gordito en mangas de camisa, con pelo revuelto y anteojos. Dijo “hola” y fue en seguida a la cocina esperando que estuviera Elena. Estaba. No tuvo que decirle nada Aníbal para que se diera cuenta de lo confundido y malhumorado que estaba. Aun así, Aníbal le habló.

- ¿No te acordás de Eugenio?- trató de calmarlo Elena, sonriéndole. – El hijo de Nori. Estudia química en la facultad.

Aníbal se acordó. El flaco era. Fue al comedor.

- ¿Cómo andás Eugenio, tanto tiempo?

Eugenio se paró para darle la mano, y le presentó al gordito.

- Osvaldo Salas, mi profesor.

Venían por lo de la rueda de la ruleta, claro. Elena le contó a Eugenio y el vino con el profesor a ver que pasaba. La verdad, estaban asombrados. Ojo, no tocaron nada, como tan claramente pedía el cartel.

Recién en ese momento Aníbal se fijó en la ruleta. Se inclinó hacia ella un instante y la vio girar. Elena trajo los panchos y Flopi puso la mesa. Facu salió de su cuarto y se sentó en un lugar que no era el suyo, aparentemente sin importarle.

- ¿Y Franco?- preguntó Eugenio sirviéndose un pancho.

- En el colegio. Va a doble escolaridad y se queda en el comedor. Uno menos.- Aníbal le pasó la mostaza. Y como es Franco, seguro debía estar contándole a todos de la ruleta... Agarró la mayonesa.

Eugenio y Salas empezaron a preguntarle. ¿Quién construyó la rueda? - ¿Trataste de frenarla? - ¿Va más rápido, más lento? - ¿Nunca había pasado? Aníbal contestaba y no había respuestas. Salas tenía un hermano licenciado en Filosofía, podría llamarlo para comentarle el caso, que sin dudas tenía perspectivas de análisis desde su campo...

Golpearon la puerta del pasillo. Flopi fue corriendo a abrir. Ella y Fede entraron, casi cautelosos. Hablaron Eugenio y Salas y Aníbal un rato más, después se fueron y prometieron que volverían al día siguiente.

Entró a la cocina Aníbal y Fede les estaba contando a Elena y Flopi que le había contado a una profesora de la ruleta. Ella le dijo que su hermana trabajaba en un noticiero de la tele y le dio el número, capaz podían llamar. Fede miró a Aníbal, que dijo una mirada a Elena, que dijo “Puede ser”.

Salió y la calle Velasco le pareció demasiado transitada. Subió a su Renault 9, hizo media cuadra y el camino al taller. Se quedó hasta tarde.

Elena le calentó las empanadas. Franco dormía, Flopi hablaba del noticiero con Facu. Aníbal prendió la tele y se quedó mirando un buen rato. En un corte escuchó la ducha. Los chicos no estaban. Agitó los brazos y después levantó la ruleta intentando que no perdiera la horizontalidad. La llevó hasta la cama, tendida por Elena a la mañana. Abrió el placard, sacó sus zapatos y algunas cajas. Metió la ruleta y cerró el placard. Acomodó los zapatos y las cajas y volvió al comedor a ver la tele.

Cuando escuchó a Elena que salía del baño apagó la tele y las luces y la llevó a la cama y se metieron juntos.

A la mañana se fue temprano. Le vino a pagar Sergio y pasó el de los churros. Y Héctor le trajo el jeep para que se lo prepare para llevarlo a Ostende. Ya era hora de cerrar y Aníbal no se decidía. Miró alrededor, vaciló un instante, pero al final volvió por donde vino.

Y entonces el hombre entró por primera vez en la casa y vio que ahí todos los portarretratos tenían la foto de él.