jueves, 31 de julio de 2008

La monja

El señor Ox iba por Jaramillo y dobló por Crámer a la izquierda, para el lado de la estación Belgrano R. Se sintió oprimido por la calle aunque no era muy angosta pero si de doble mano. Analizó minuciosa y comparativamente ese sentimiento. Agacho su cabeza un momento. Sin dejar de caminar miró su pantalón de vestir gris oscuro y los zapatos negros un poco gastados. La chica que cruzó, de pelo corto y pollera larga no podía tener miedo. Nadie más que él podía tener miedo en ese enjambre circunstancial. Una sólida atmósfera vacía gastaba el panorama. Una redoblada composición de gestos vertidos en la laboriosa civilización del acero. Era imposible en el destello mismo de la mitad de cuadra apartarse de la visión de estar recorriendo las cíclicas filas de los nichos en cualquier instante de la madrugada. La parsimonia, la solemnidad de la vida. Él no creyó ser alguien extraordinario ni un sabio que venía a iluminar la gloria de la existencia. Sólo por casualidad el señor Ox se encontró frente al furor.

(Estaba manejando por una avenida y de pronto vio un tumulto a una cuadra. La gente estaba saliendo de un recital, pasaba entre los autos. Como había frenado en un semáforo, el primero en la fila, tuvo un claro delante y cuando se puso verde pudo acelerar. Había apuntado hacia un grupo, dejándose languidecer. Cuando sintió el golpe seco, frenó y cerró los ojos apaciblemente. Habían muerto cuatro jóvenes. Él declaró que se había descompuesto. En la revisión médica se verificó una pequeña arritmia que no costó vincularla con el suceso. Le quitaron el registro de conducir. La semana siguiente había sido cotidiana para el señor Ox.)

No movió la cara. Por más que lo anheló, sus flancos no se volvieron difusos. Atravesó esquinas casi sin pensar con palabras. Cuando llegó al sector en el que Crámer se ensancha no se sintió aliviado. Ya alguna vez notó que de todas formas no parecía una avenida, por más que las confiterías y demás comercios y la doble mano y el ancho brindaran sus atributos. “Rivadavia es una avenida”- se dijo mirando para arriba. No prestaba atención a los árboles, cuyas especies desconoció siempre ni a los rulos de las chicas que de tanto en tanto pasaban. Ya no.

No quería calcular las cuadras pero supo a cada instante donde estaba aunque la imagen que se le presentó cada vez con más insistencia fue la de un náufrago con brújula. “El carácter demasiado abstracto de la misma –sentenció para sí- me desagrada casi tanto como su leve tinte misericordioso”. Sonrió y despreció aquel dictamen. Se dio cuenta, sin demasiado asombro de que cualquier afectación intelectual interna había dejado de provocarle la mínima emoción. “Soy inmune a mis metáforas – pensó- y volvió a sonreír sin boca.

(Había esperado pacientemente una nueva ocasión.

El nunca había querido llevarse el viejo revólver de su padre, así que había quedado guardado en la casa de su madre desde que ella enviudó. Un domingo a la noche, el señor Ox terminaba su postre preferido cuando escuchó ruidos extraños en el fondo. Calmó a su madre, fue al placard a buscar el arma, que encontró cargada. Su madre, extrañamente, sonreía. Eran tres los intrusos y uno de ellos le disparó cuando el señor Ox abrió la puerta en penumbras.

Mientras llegaba la policía, el señor Ox reflexionaba acerca de su infancia, de sus juegos en el fondo de su casa, y de cómo hay cosas que no se olvidan. En la comisaría los agentes calmaban a su madre asegurándole que la legítima defensa estaba plenamente probada y que su hijo no tendría problemas. En otra oficina, el señor Ox reflexionaba tomando un café. Ya tenía claro desde el principio que no iba a ocultar su autoría en ninguna de las muertes. Ahora se le esclarecía la serie. Habían sido cuatro, eran tres; serían dos y luego uno.)

La sensación de caminar sin darse cuenta de los pasos. Azar en los pies, bola de rivotriles. Muecas a las veredas ensanchadas. Azar de las miradas y lo que enseñaron. Miradas de monos para siempre anidadas. La cruel menstruación de las ideas sin palabras. Un rosario de madrugada a través de los nichos y sus ansiedades y las equivocaciones cobardes. Los hasta cómo. Y las fronteras del relato.

No, no… vocearán befas. Acusarán escudo de impotencias. Como profesional entrenado, salir a explicarlo todo: lo que se sabe, aguando la fiesta. Tibieza fetal que engendra tempestades. La muestra diáfana del ojo dislocado. La sensación de haber dejado de caminar pero nada, nada cambió

(Con el asombro por la carencia de sospechas bien argumentadas se había ido a su casa.

La madre había llegado a su casa un día que no le esperaba. Esa vez le iba a presentar a una monja vieja y muy baja, vestida con hábitos grises. La monja lo miraba como un nenito a una mariposa, la madre sonreía. El señor Ox había pensado que no debía rechazar una ayuda espiritual para no levantar sospechas. Estaba dispuesto a aburrirse un rato con la monjita como alguien que busca consuelo. Ese día, sin embargo, la monjita lo había sorprendido. Le dijo sólo dos cosas: a ella no le importaba si era o no religioso, tan sólo quería ayudarlo a que, como todos, descubriera y realizara el sentido de su vida; lo otro que le dijo fue que necesitaba una pareja y ella lo iba a ayudar- luego se fue.

Al señor Ox le había sorprendido lo expectativa que la monja había sido con el segundo ítem. La siguiente vez que se encontraron ella había concertado una cita con la kiosquera de la esquina de la casa del señor Ox. Él había titubeado. Había preguntado a algunos de los vecinos que la conocían cómo era ella. A pesar de las historias que le habían contado sobre los cuernos que solía ponerle a sus parejas, él había accedido a conocerla. Pronto se habían hecho novios y hasta se habían comprometido.

Una noche la kiosquera se había encontrado con otro. El señor Ox, como de costumbre la venía siguiendo. Con alivio, vio que entraban a su casa. Alrededor de una hora después entró y los mató en su cama. Luego llamó a la policía.

La situación era complicada – le habían dicho sus amigos de la comisaría. Y lo era. Las semanas que había pasado en el calabozo primero y luego en el asilo habían sido penosas para el señor Ox, a pesar de las atenciones de los oficiales. La mediación de la monja, al menos, había sido más poderosa de lo que él había imaginado y al cabo de esas largas semanas había sido liberado bajo su tutela. Ella había parecido ejercer una influencia prodigiosa en la aceleración del proceso por estos asesinatos cometidos, según sentencia, bajo emoción violenta.)

Pocos minutos esperó el colectivo. El 80hizo la curva rápido pero frenó bruscamente y la puerta se abrió frente al señor Ox. Subió como si hubiera esperado mucho tiempo. Dijo: “ochenta”. Eso lo divirtió en otras ocasiones. Metió el boleto y veinte centavos en el bolsillo y se sentó en la anteúltima fila de los asientos de dos, del lado de la ventanilla.

Los domingos al mediodía ni los colectivos ni las avenidas suelen estar muy cargados, y el viaje del señor Ox fue considerablemente rápido. Nadie se sentó junto a él. Las barreras estaban abiertas cuando el colectivo llegó a ellas. Poca gente subió o bajó. Constató una vez más que mirar es inevitable. Ni probó cerrar los ojos. La ventanilla, el cielo, que no era el cielo, era arriba. Y el suelo era abajo. No sintió somnolencia, como hubiese sido justificado y en Liniers subió mucha gente que quizás venía de la estación o quizás no. Bajó unos minutos después y camino hacia el hospital por la vereda de enfrente de la plaza. Cruzó, camino otra media cuadra y llegó al hogar que tienen las monjas a un costado del hospital. Salió la monjita apenas el señor Ox llamó en la entrada. Antes de atravesar el patio hasta la verja le preguntó si había perros. No había. Dio entonces unos pocos pasos sonriendo y abrió la puerta de rejas. Mientras entraba, la monja le contó que unos días atrás un perrito la corrió ladrando por esa misma cuadra y cuando la alcanzó la tumbó con las patas delanteras y se fue dejándola boca arriba mirando las ramas de los jacarandás. “Son jacarandás” –pensó el señor Ox.

(Si bien el señor Ox estaba visitando a la monja para mostrarle agradecimiento por la ayuda que le dio no esperaba que ella pudiera iluminarlo en su preocupación fundamental en ese momento –completar la serie de muertes- y él tampoco planeaba tocar el tema con ella. Habían conversado poco tiempo. Unos diez minutos. Luego se habían despedido cordialmente. Él caminó hasta la esquina de Patrón y Pilar, esperó el 80. Cuando llegó, miró fijamente la rueda delantera derecha y se zambulló.)

La monja salió a ver el alboroto. Un instante. Fue hasta su pieza y añadió una cruz en una hoja de su cuaderno blanco. Pensó en ir a arreglar el alambre de púas del jardín.

2 comentarios:

Maria L dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Maria L dijo...

Bravisimo! que linda historia de psicopatas, monjas y puas. pasaba por aqui, saluditos. Lali.