martes, 6 de mayo de 2008

Nota baño camping

Buenas tardes. Ante todo quería agradecer a los que hacen esta revista dedicada a informar a todos los que quieren disfrutar de vivir en la naturaleza en todos los campings del país. Y gracias también por recibir estas palabras que ahora escribo.

Quisiera contarles unas cosas no del todo agradables de oír pero que si en algún lado tienen que estar escritas es en su publicación.

Más que nada me quiero referir a mi estadía y la de mi familia en el camping San Pierino, como ustedes sabrán, sito en una de las localidades más pujantes de la costa atlántica del país.

Llegamos allá y resultó que no había bungalows, así que debimos recurrir a la carpa, que siempre llevo. Lo que además me iba a permitir recurrir a varios implementos que adquirí bajo sugerencia de la presente publicación.

Cuestión que armé la carpa con ayuda de algunos de mis familiares y cuando me disponía a enchufar la lámpara para proceder al asado, realicé que no andaba el tomacorriente. Resultado: discretas empanadas de carne y pollo de la proveeduría y las disculpas de los empleados por el inconveniente que a decir verdad, al día siguiente se solucionó.

Eso, vaya y pase. Ahora, cuando al día siguiente a causa de la falta de bungalows tuve que hacer uso de la ducha y los baños del susodicho camping a ver ya me abatato de tratar de ponerlo acá se pasaron de la raya por así decirlo. Siendo que había salido de la ducha y sólo con el short de baño puesto me apronté a cepillarme los dientes con todos los cuidados que la situación requería, siendo el lugar apenas apto para la higiene. Con la boca llena de crema dental me tocan el hombro, un chico. Quince años máximo. Que me dice que estoy con la canilla abierta, y de esa manera derrochando agua potable. Me mira con cara seria y al ver que me lo quedo mirando, cierra la canilla y sale de las instalaciones sanitarias. Puedo asegurarles yo que en ese momento podría haber pasado cualquier cosa. Podría ir a buscarlo y sopapearlo o matarlo, o que se yo. Porque yo SIEMPRE cierro la canilla mientras me lavo los dientes. Desde chiquito, que una vez viendo Alf alguno de los personajes mencionó que esa es una de las acciones que ayudan a salvar al mundo o algo así. Cosas que le quedan a uno. Y ahora, en esta situación tan incómoda y de tensión venía un mocoso a decirme como comportarme en relación a las canillas. Y la camisa que iba a usar estaba mojada.

Cuestión que salí del baño embroncado como veces pocas. Sentía el corazón latiendo muy rápido, busqué con la mirada al pibe y no lo encontré. No sé para donde se está yendo el mundo. Sin ir más lejos al rato me crucé con uno del camping que me dijo que iba a haber un bungalow disponible en dos días. Yo nada más le dije “bueno, bueno”, pero tenía unas ganas de decirle de todo, de preguntarle si el pibe era del camping, o si no tenían reglas de respeto a los mayores o si dejaban entrar a cualquiera. Pero sé que si abría la boca más de lo debido iba a decir sólo groserías, malas palabras. Yo tendría que haber estudiado abogacía.

La cosa es que todo este incidente me amargó el viaje de vacaciones y más también. Porque empecé a sentir toda una especie de molestia en cada lugar que estaba y unas ganas de que todo sea diferente. Además sentí y sigo sintiendo que las cosas que hacemos en la vida no nos llevan a ningún lugar claro, espero me sepan comprender y estoy dudando si vale la pena, por así decirlo. Estas cosas quería comunicarles con el fin que se ponga en consideración la importancia de una buena atención en los campings del país. Por otra parte quería también decirles que soy un poco rengo.

jueves, 14 de febrero de 2008

En tránsito

Muchos omanes se reunieron en la llanura fatigada. Por ella irían e irían. Casi ninguno opinaba ya que no había nada del otro lado. Unos cuchicheaban que no había otro lado, y reían. Todos lo imaginaban. Una vez más la curiosidad prevalecía. Eso y el encanto hipnótico del verde. Se llevaban a cada uno y cada uno llevaba la nostalgia de cada paso que daba. Tantos hermanos trazaban las generaciones que los habían mecido y los mecían por los caminos que creaban no para volver sino para que otros vinieran.

Omanes andando, duraznos caminantes. Nubes de sol y de sueño. Vivientes del sueño en el que las nubes pueden tocarse. Envueltos, encaramados de nube, caminaban. Multitud de huellas. Hermosos octógonos irregulares, constelaban.

Un omanes, de cuerpo granizado de verde y violeta en su lomo amarillo, vio un río abundante. Quiso corresponder a su generosidad y se zambulló y se dejó llevar. Desde una colina, tres omanes lo vieron serpentear y lo siguieron. Llegaron al mar y en la orilla muchas noches se saludaron con los que cruzaron el río y siguieron. Hacía muchos omanes que omanes no veían el mar. Otra vez un silencioso encanto que de las costas irradiaba hacia el encuentro de nuevas alturas, los besó como un nacimiento. El mar pronto sería la orilla. Días de madera, de los primeros cantos, y de curiosas ansiedades que se sacudían solas. El camino los siguió sacudiendo, pero ellos veían en el cielo las huellas de sus amigos, que fulguraban como sonrisas imaginadas.

Días de tierra y de miradas emergieron de los trayectos de los omanes caminantes. La amistad musical de los árboles y sus maderos, viento de los misterios resplandecientes. Omanes al paso de sorpresa junto al diluvio de variantes animales. Y la flor abierta de los caminos. Y los demás asombros de verse juntos en las diversas nostalgias.

Como los omanes no contaban el tiempo, no supieron cuando se volvieron a ver los dos grupos, ni hacía cuánto que no estaban juntos. Tampoco sabían exactamente si eran ellos los mismos que se habían separado en aquel río. Estaban confundidos, y se decían “agua” y se decían “tierra”. Asentían pero no sabían que hacer.

Sin embargo no tardó mucho en surgir una fascinación extendida entre lomos de colores y dibujos siempre nuevos en sus distribuciones. La seducción les hacía bien. Los ojos no querían contener las sonrisas. Inauguraron un festejo que se multiplicó y los multiplicó.

Algunos omanes del agua llevaron al mar a algunos de tierra, y algunos de tierra, y algunos omanes de tierra mostraron los senderos a algunos del agua. Se decían entonaciones que saludaban de entusiasmo en cánticos ensoñados. Así, el sol y la luna.

Bordeando la costa encontraron un río. Había los que se quedaban en la desembocadura y se iban con el mar y volvían. Estaban los que entraban a la tierra junto al río, a los bosques, las colinas y los valles.

Siempre se encontraban.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Aproximaciones a un adicto a la nada

- (…)

- No. No puedo decirlo ni ocultarlo. Apenas alcanzo a distinguir los bordes, y te respondo observándolos. Fascinación endemoniada. Yo me pregunto si te alcanzará lo que te muestro. De todas maneras, amigo, sé que no puedo mostrarte más.

- (…)

- Yo no nací. No nací nunca.

- (…)

- Los hombres-maquina viven a través. No te los puedo describir ahora, pero son como lo contrario a la gente sentada a la vereda.

- (…)

- Electroencefalograma plano. Los recuerdos de un ñandú que viste en un instante yendo a 150, cruzando el valle de Río Negro. Los recuerdos de ese ñandú.

- (…)

- Aparece algo así como una intuición de maniobrar con la mente cuerpos. Y una seguridad casi cínica de poder lograrlo. Es una aceptación de estar en condiciones. Una fragua. Pasan ciertas cosas.

- (…)

- El ciego y paralítico de la casona de la calle Arribeños. Sentado en la silla. Detrás, el equipo de música. Por la vereda pasa alguien que nació en Macao. Piensa un rato que decirle al primo. Lo llama al fin, pero el primo ya se tomó el tren Mitre-Tigre y está en Béccar cantando con la novia. Eso que pensó decirle al primo.

- (…)

- Hay tareas. Ser un silbador abundante. Abandonar el proyecto de la serie de asesinatos. Ágil multiplicador. Esas cosas entonadas lo mejor posible para no defraudar a ciertas potenciasen las que no creo.

- (…)

- Elegir es peligroso.

- (…)

- En cuanto a que esta es una situación única. Un quiebre en la administración, que por cierto siempre queda más o menos contaminada de bien público. Y de otras farsas de igual o más cobardía.

- (…)

- Mi abundancia material es intensa. Salta a la vista. Me despreocupo de ello. Me concentra el daño que les hago a los demás. El daño plural me moviliza. Atiendo esas inquietudes. Busco que prevalezca eso que es antiguo y adelantado llamarlo absurdo.

- (…)

- No.

- (…)

- A mi me gustaría ser el último de todos. Es a lo que aspiro. Regado de denominaciones, me evoco en la falta de secretos.

- (…)

- Ya no busco eso. Es un paso: nunca me importó. Tampoco busco un fin último que encaje con lo que vivo. Una vasta sensación que repercute en imágenes y planes dejados de lado. Liquidación de lo que pasa y de las estructuras que se forman. Bloqueo. Paso incómodo. Clausura. Lo claro es lo oscuro.

- (…)

- Alzheimer.

- (…)

- Perforado, por supuesto. La identidad turbia provoca. Pero parte del juego sin reglas es esquivar esas vacilaciones propuestas. El nudo de las perplejidades está en la mirada. Es como una rima. Un aturdimiento sincopado.

- (…)

- Confrontarse a las evidencias, en lo que a mi respecta, es una tarea confortable en vistas a dialogar con inocencias.

- (…)

- Esquivos a lo abrupto que mis gestos señala.

- (…)

- Si, pero eso no lo puedo decir.

martes, 27 de noviembre de 2007

La rueda

Aníbal llegó a su casa, caminó el pasillo y abrió la puerta de chapa. Desde el patio oyó el bochinche. Otra puerta y tuvo ante él a los chicos desparramados en la alfombra jugando a la ruleta. Pateó una ficha. Olió pollo, qué alegría. Fue a la cocina a saludar a Elena. Estaba aplastando papas, iba a haber pollo con puré. Estaba subiendo de peso Elena.

- Los chicos de Eli ya se van. Eli ya los llamó dos veces- Elena le sonrió a Aníbal. – Andá a la mesa, estás cansado.

-Si, si, si.- Aníbal acarició a Elena yéndose. Se sentó.

Se escuchó la voz de Eli amenazando a sus hijos. Nico y Fede se levantaron y saludaron un poco molestos. Rápidamente decidieron una reunión a la tarde del día siguiente para seguir con la ruleta. Se fueron corriendo por el pasillo y la puerta del departamento a la calle resonó cuando los tragó.

Comieron alborotados, viendo la tele. De pronto Aníbal se dio cuenta de que se había quedado mirando a Facu. Los demás también se dieron cuenta, así que se sintió obligado a decir algo.

- ¿No estás grande para jugar a la ruleta?

- ¡Eh! – Se defendió Facu- Si yo tengo trece y Flopi 15. Decile a ella. Y Fede tiene quince también.

- Yo ya tengo nueve- dijo Franco muy seriamente.

Flopi se sonrojó pero nadie lo notó. La conversación se deshizo.

Terminaron de comer. Flopi y Elena llevaron las cosas a la cocina. Franco se fue a la pieza. Facu y Aníbal se quedaron en la mesa viendo la tele. Un rato más tarde se incorporaron Flopi y Elena, que mandó a dormir a Franco. En la tele se fueron al corte y Flopi y Elena empezaron a charlar. Aníbal trataba de acordarse lo que había que hacer con más urgencia en el taller: los frenos del Palio de Leo, la correa de distribución del Clio de Mario, ah, y cambiarle los amortiguadores al Gol de Sergio. Que bodrio ese Sergio... Flopi ya no estaba. Elena le trajo un café y charlaron un rato. La entrega que tenía que llevarle a Marina al día siguiente la preocupaba a Elena.

- ¿Lo tenés listo?

-Casi. Mañana lo termino y lo reviso así Marina no me jode.- Elena se levantó. - ¿Podés cortar Flopi?, o decile a Mica que llame ella.

Al minuto sonó el teléfono. Aníbal se levantó, llevó el pocillo a la cocina. Volvió y fue a sentarse al sillón. Pateó otra ficha. Miró la ruleta abandonada en el piso. Iba a rezongar que guardaran todo eso, pero se calló y se prendió un cigarrillo. Habían vuelto del corte.

Pasó Flopi y lo saludó con un beso en la mejilla. Se iba a dormir, dijo. Llegó Elena y se sentó en el otro sillón. Comentaron algo de la tele y después Elena dijo que se iba a pegar una ducha y después se iba a dormir.

- Cuando termines voy yo- dijo Aníbal, y prendió otro cigarrillo.

- Bueno- Elena entró al baño. Otro corte.

A Aníbal le causó gracia una publicidad y resopló una risa. Después volvió a mirar la ruleta.

Cuando Elena salió de la ducha hacía rato que estaba girando. Aníbal estaba arrodillado y cuando Elena entró, no la miró. Ella salió al patio un momento. Volvió y se acercó a Aníbal.

- ¿Qué pasa?

- No para.

Se agachó Elena. En cuclillas observó un rato lo que veía Aníbal. Le empezó a doler los muslos. De pie, le dijo a Aníbal que se iba a dormir. Él se levantó y fue a pegarse una ducha.

Había decidido irse directo de la ducha a la cama, pero tuvo que ir a buscar el paquete de cigarrillos a la mesa, apenas se asomó para ver la ruleta, que seguía girando silenciosamente.

Se durmió pensando en los asuntos del taller. No soñó, o al despertarse no recordó haber soñado. Se levantó muy temprano. Hizo café. Fue a ver la ruleta, seguía girando. Tomó el café. Se vistió. Dejó en la mesa un cartel con letras bien grandes.

NO TOQUEN LA RULETA O LOS DESCAJETO A PATADAS

Subió a su Renault 9, que dormía en la calle, pobrecito, y dobló en Juan B. Justo. A media cuadra de llegar al taller de la calle Iturri, divisó a Sergio que esperaba apoyado en su Gol.

Volvió cerca de la una, con bastante hambre. No supo que era el silencio lo que lo puso nervioso cuando entró. Rápido se dio cuenta de las personas que no conocía, sentadas a la mesa. Un flaco, joven y bien vestido y un gordito en mangas de camisa, con pelo revuelto y anteojos. Dijo “hola” y fue en seguida a la cocina esperando que estuviera Elena. Estaba. No tuvo que decirle nada Aníbal para que se diera cuenta de lo confundido y malhumorado que estaba. Aun así, Aníbal le habló.

- ¿No te acordás de Eugenio?- trató de calmarlo Elena, sonriéndole. – El hijo de Nori. Estudia química en la facultad.

Aníbal se acordó. El flaco era. Fue al comedor.

- ¿Cómo andás Eugenio, tanto tiempo?

Eugenio se paró para darle la mano, y le presentó al gordito.

- Osvaldo Salas, mi profesor.

Venían por lo de la rueda de la ruleta, claro. Elena le contó a Eugenio y el vino con el profesor a ver que pasaba. La verdad, estaban asombrados. Ojo, no tocaron nada, como tan claramente pedía el cartel.

Recién en ese momento Aníbal se fijó en la ruleta. Se inclinó hacia ella un instante y la vio girar. Elena trajo los panchos y Flopi puso la mesa. Facu salió de su cuarto y se sentó en un lugar que no era el suyo, aparentemente sin importarle.

- ¿Y Franco?- preguntó Eugenio sirviéndose un pancho.

- En el colegio. Va a doble escolaridad y se queda en el comedor. Uno menos.- Aníbal le pasó la mostaza. Y como es Franco, seguro debía estar contándole a todos de la ruleta... Agarró la mayonesa.

Eugenio y Salas empezaron a preguntarle. ¿Quién construyó la rueda? - ¿Trataste de frenarla? - ¿Va más rápido, más lento? - ¿Nunca había pasado? Aníbal contestaba y no había respuestas. Salas tenía un hermano licenciado en Filosofía, podría llamarlo para comentarle el caso, que sin dudas tenía perspectivas de análisis desde su campo...

Golpearon la puerta del pasillo. Flopi fue corriendo a abrir. Ella y Fede entraron, casi cautelosos. Hablaron Eugenio y Salas y Aníbal un rato más, después se fueron y prometieron que volverían al día siguiente.

Entró a la cocina Aníbal y Fede les estaba contando a Elena y Flopi que le había contado a una profesora de la ruleta. Ella le dijo que su hermana trabajaba en un noticiero de la tele y le dio el número, capaz podían llamar. Fede miró a Aníbal, que dijo una mirada a Elena, que dijo “Puede ser”.

Salió y la calle Velasco le pareció demasiado transitada. Subió a su Renault 9, hizo media cuadra y el camino al taller. Se quedó hasta tarde.

Elena le calentó las empanadas. Franco dormía, Flopi hablaba del noticiero con Facu. Aníbal prendió la tele y se quedó mirando un buen rato. En un corte escuchó la ducha. Los chicos no estaban. Agitó los brazos y después levantó la ruleta intentando que no perdiera la horizontalidad. La llevó hasta la cama, tendida por Elena a la mañana. Abrió el placard, sacó sus zapatos y algunas cajas. Metió la ruleta y cerró el placard. Acomodó los zapatos y las cajas y volvió al comedor a ver la tele.

Cuando escuchó a Elena que salía del baño apagó la tele y las luces y la llevó a la cama y se metieron juntos.

A la mañana se fue temprano. Le vino a pagar Sergio y pasó el de los churros. Y Héctor le trajo el jeep para que se lo prepare para llevarlo a Ostende. Ya era hora de cerrar y Aníbal no se decidía. Miró alrededor, vaciló un instante, pero al final volvió por donde vino.

Y entonces el hombre entró por primera vez en la casa y vio que ahí todos los portarretratos tenían la foto de él.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Dos que se separan

Una vez se separaron. Ya no estaban juntos ni querían. Ni se querían. Y comenzó una serie de curvas que los perforó en angustias y en leves compensaciones. Las cíclicas atracciones los absorbieron en atardeceres de llantos y orgasmos postreros. Les invadía un lamento melancólico de cosquilleos pretéritos, una especie de ceremonia de validación de un sino misterioso, como todos. Y se alejaban con el asco del error. Se decían a ellos mismos que ya no más, que se abriría la figura nueva de dejarse. Se hacían preguntas deambulando en circuitos con formas de signos de interrogación. Vuelos de moscas.

Uno de ellos se obstinó en otra pareja y otro se abundó en la soledad aparente y ficticia de una espera. Y nunca fue de esperar... No los perseguían látigos envenenados. No miraban si la valija bajaba para hacer la aduana. No iban a la peluquería ni a los dardos. La televisión, alma catódica, o la marihuana disuelta y colada en leche chocolatada. Los cielos. Eran parecidos a los granos de cielo que se ven a través de una ventana en verano, y se vencían mutuamente, se arrinconaban. Entre sueños de sus vientos quedaban alojados en alturas predigeridas y secretamente desconcertantes. Cada uno se hacía visera con el canto de la mano en la frente y los ojos se abrían como granos que eran.

Veloces de sensaciones bebían el viento secreto y expuesto en diversas vidrieras, peceras, monitores, everything in its right place pero al revés y con piruetas incomprensibles. ¿Encontraría a la realidad? ¿Enderezaría la única posibilidad ya de antemano perdida? Vuelcos y revuelcos aburridos permitidos en territorios hace tanto abandonados, para renovar el abandono. Sólo que para ya resultaba risueño, en esa vigilia de mil días, constante y sin miga. El silencio oscuro como último rincón de felicidad íntima y enfriada en la desolación indiferente.

Hubieran querido ser más curtidos para no fanfarronear tanto. Hacia dentro especialmente, sólo que adentro significaba afuera, hacía ya mucho… Envueltos en sus ropas más queridas se callaban mucho. La avenida era tan larga y tan conocida. La ciudad y las otras ciudades y los pastos y las conmovedoras panorámicas de años. La vuelta a silencios verdaderos y comotellamás y niahímevaadarbola y niahímeinteresa. Un costado de penumbra constante, los viajes silenciosos y las ocupaciones desvanecidas en los días insectos. Los trazos incorporados por la imaginación mareada incomodando la tristeza apagada, cansada de tristeza. La nueva pareja de uno se había ido en un pestañeo, y los besos al otro le habían llegado como desde otro plano de las sensaciones.

Arco extraño nuevamente, de aventuras solitarias, desgarrado a húmedos mordiscos. En hamacas al amanecer, sonriéndose, saludándose. Y los kilómetros indeterminados, saben que están de más, se desentienden, buscan otros caminos. Y entonces si que están lejos de veras.

No se vieron más. Se tomaban alternativamente el 58 y el 131. Si él estaba en una línea, ella estaba en la otra. Así fue desde entonces, 58-131-58-131-58… 58 y 131, que son dos líneas que se cruzan permanentemente por la ciudad de Buenos Aires.

Simbad y las noches

De chico, Simbad vivía con su madre. Su padre no estaba. Su diferencia creció suavemente sin pavores ni ocultamientos. No dormía, su madre si. Ella lo despedía y se dormía y Simbad se abría a la noche.

Se acostaba, cerraba los ojos, los abría. Con las noches y las noches comenzó a salir al patio, que daba a la calle y más allá, los galpones, las vías, la estación, la ruta… arriba las estrellas. Todas. Los ratos que preceden al amanecer y de vuelta al cuarto. La madre lo llama y van juntos a la escuela. La madre es una maestra. Eran dos pedacitos blancos en el panorama constante.

Una noche se le ocurrirá escabullirse del patio a la calle a las vías, cruzar la estación y quedarse sentado la noche en algún juego de la plaza que da a la ruta. Verá pasar muchos camiones y camionetas. Volverá con el silencio que aprendió, antes del amanecer que despierta a los gallos y a la madre. – El silencio es un viaje- se dice.

Los otros chicos eran de tierra, como él. Contaban algunas veces sus sueños, y Simbad también contó. Simbad sueña con caminos y camiones, con estrellas y con el interior de los silos.

Seguía yendo a la ruta y en la oscuridad se iba y volvía en los camiones. Noches de los fulgores.

Un tiempo en el que había noches con pocos camiones puso a Simbad a contar cuántos pasaban. Cuatro una noche. Tres otra. Dieciséis una algo más próspera.

Ahora casi siempre los contaba, una especie de costumbre que era más bien distraída. Contaba y lo sentía irreal. Ver las luces, el ruido, el viento y era uno. Otro, otro… Otra vez estaban pasando seguido; - uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, erab, siete, ocho, nueve, diez, once… Caminando el lucero, Simbad miraba los galpones, respiraba lo grandes que eran, se decía que erab no lo decían en la escuela o en ningún otro lugar en el que él había estado, miraba su casa que parecía flotar apenas sobre la tierra callada del paisaje.

Si decimos una cosa imposible y la desechamos, porque es imposible, nos perdemos de una fértil dotación de vida. Dicho lo imposible, habiéndolo encontrado, seguir esa imposibilidad nos dará generosos desconciertos que podremos recorrer hasta redescubrir la imposibilidad. Así, la habremos conquistado, y será nuestra imposibilidad.

Silbaba Simbad, y se escuchaba con la boca. Simbad poblado, regalado de imposibles. Veía la vida de gases, de planetas, oía con la boca, plantaba caminos.

No nos inmiscuiremos en los incalculables episodios que se generaron a través de ese momento en la vida de Simbad. La discreción suele favorecer a las actividades libres. Claro que éstas atraen y cobijan confidencias. Como rincones de largas penumbras alcanzados por suaves destellos, o la noche celeste en el segundo del relámpago.

Alguna vez Simbad pasa una semana en un silo que encontró caminando las vías al norte o al sur. Vuelve y la madre abrazándolo le dice que no está muerto; el no está tan seguro.

En el silo se da cuenta de que una chica lo atrae y se queda quieto hasta que le duele, dibujando en la oscuridad sus ojos. La besa.

Silo y mujeres unidos para siempre por Simbad.

Un día Simbad se subió al camión. El pueblo, la estación, quedaron lejos la jornada. Fue la ruta y las rutas. Y el país. Vio como un silbo varias veces la estación y el pueblo desde la ruta. La llanura de las miradas y las montañas. Vuelve al pueblo. Saluda al amigo que se va con el camión. Abraza a la madre que no está cuando se fue ni cuando vuelve.

La música empezó a salir con él. Las chicharras de la noche le enseñaron el compás. Miraba otra vez como miraba desde el camión a dos ríos juntándose entre las sierras, era igual a la melodía y a las próximas.

Simbad vuelve a las noches, a la estación, a la ruta, a las estrellas, al silencio. Se queda. Es uno de los cientos de millones de habitantes del pueblo.

A Lugones, Santiago del Estero

martes, 24 de julio de 2007

Gira

a los amigos

Fue particularmente agradable que el viaje se concretara de una forma tan negligente y rápida. ¿Dónde íbamos a dormir? ¿Conocíamos a alguien en Rosario? ¿A qué lugares teníamos que ir? A Fernando le habían dicho que la noche rosarina seguía siendo rica en tugurios, sótanos, esos lugares que después de cromañón tanto se extrañan en capital. Gaby y yo no tuvimos que insistirle casi nada y al rato estábamos en Retiro, en la boletería del Mitre sacando boletos para Rosario. A Gaby lo conozco de hace años del barrio. Cada vez que caminamos por el parque me sorprende la cantidad de gente que lo conoce. Él vive sobre La Rioja y yo sobre Urquiza, sin embargo yo parezco transplantado en el barrio. Esto es inevitable puesto que Gaby habla con cualquiera de la manera más natural y despreocupada. Yo tengo una buena relación con la china del almacén y mejor aun con su marido, que apenas domina el castellano. Claro que antes de ira a Retiro pasamos por la calle 33 orientales para que le avisara a su madre y consecuentemente, se cuide y lleve abrigo. Lidia, la madre de Fernando, nos hizo mala cara a Gaby y a mí. A Gaby es imposible que eso le importara y yo ya estoy acostumbrado a Lidia puesto que hice toda la secundaria con Fernando y estudiamos lo mismo en la facultad. Subtes E y C, Retiro. 15 mangos la ida. La vuelta la sacamos allá. Viernes a la tarde, la ropa de las chicas que salen de sus laburos tiene todo el aspecto de ir desabrochándose al fin de semana. Gaby, Fernando y yo subimos al tren. Pudimos acomodarnos tranquilamente, en nuestro vagón había bastante poca gente. Era gente más bien grande, hombres con portafolios, que iban o venían por trabajo, alguna que otra familia. Yo me pregunté en voz alta por qué no había minas. Fer sonrió y Gaby se explayó un buen rato con su hipótesis de la cercanía de semana santa y que las chicas de Lima, de San Nicolás o de Rosario preferirían esa ocasión para volver a sus casitas. En fin, el hecho es que minas no había. Mientras podía verse algo por la ventana hubo ciudad. El campo empezó ya entrada la noche. Yo iba del lado de la ventanilla así que miré bastante tiempo las estrellas. Un tipo vino a decirme que cuando estuviéramos cerca de Rosario bajara la cortina metálica porque tiraban piedras. La cerré en ese mismo momento porque estaba seguro de que iba a olvidarme. En eso volví a prestarles atención a los chicos. Los había estado oyendo desde hacía un rato. Discutían en voz baja con alguna que otra exclamación retórica que en el caso de Gaby se parecían a espasmos y en Fer, a hipos. Hablaban de cromañón, de los culpables. Hablaban con el dolor y el desajuste que todos tuvimos por aquel tiempo. Se dieron cuenta de que había entrado a la conversación, aunque sea como oyente, como es costumbre en mí. De todos modos me miraron y supe que esperaban que les dijera algo. Sólo pude recordarles lo que alguna vez dijo un profeta pelado que conocemos: “¿Sos callejero vos? Bancátela”. Se callaron un instante y después Gaby dijo que era mejor tomar el Gancia antes de que se calentara del todo. Estuvimos de acuerdo y se fue a buscar limón, porque el Gancia le gusta con limón. Yo le dije que no estaba seguro si el tren tenía coche comedor, pero él fue a buscar igual, seguro de que alguien en el tren le iba a convidar un limón. El rato que estuvimos solos con Fernando lo pasamos callados, como tantas otras veces, y tomando uno que otro traguito de Gancia que, efectivamente, ya no estaba frío. Por eso nos puso contentos que Gaby llegara con unos hielos envueltos en una servilleta de papel además del limón. Tomamos el Gancia que con hielo y limón estuvo exquisito. Repartimos un sanguche de milanesa que había llevado Fer y después tratamos de dormir un rato. Llegamos a la estación Rosario Norte a la madrugada y preguntamos en la avenida como ir para el centro. Caminamos por un boulevard que se llama Oroño turnándonos para llevar la mochila de Fernando que contenía nuestras provisiones por demás austeras. Doblamos en una avenida ya que en el boulevard no había negocios a kioscos abiertos. No pasó mucho hasta que encontramos donde comprar cervezas. Nos sentamos en un umbral. Estábamos cansados por el viaje. Un tipo que estaba cuidando autos (a una cuadra había un boliche) vino a pedirnos un trago y se quedó charlando. Primero pensó que éramos de Racing que jugaba al día siguiente con Newell’s. Después creyó que no teníamos casa y nos tiró el dato del padre Santillán que tiene un hogar. Más allá del pedo que tenía nos dimos cuenta de lo que estábamos haciendo no era tan fácil de entender como nos pareció en un principio. 400 kilómetros para hacer una gira… Creo que a Gaby le hinchó un poco el pecho eso. Fer se cagaba de risa, decía que bien podíamos pasar por fugitivos, por simuladores, por simples mentirosos cuando sólo éramos unos limados que se fueron de gira de Buenos Aires a Rosario. Un rato después Fer estaba durmiéndose y el cuidaautos volvió por última vez a preguntar si teníamos faso, que seguramente era su esperanza desde que nos vino a hablar. Luego de las respuestas elusivas y ciertas, no volvió. Se empezaban a ir algunos autos. Ni las 4. Pero el boliche era careta y de pendejos. No era la zona seguramente, así que volvimos a enfilar para el centro según las indicaciones de un par de fantasmas rosarinos más bien asustadizos. Ahora era Gaby el que se dormía caminando. Yo seguía en ese estado de somnolencia alerta e introvertida que era por demás frecuente en mí cuando salíamos. Pero en general se notaba una atmósfera de cansancio no reconocido. Un viejito se me puso a hablar casi de la nada y me indicó una calle que llevaba derecho a la peatonal, la que sale a la plaza y al monumento. Los chicos se habían sentado en otro umbral, esta vez de una casa vieja casi llegando a la esquina siguiente de la que estaba hablando con el viejo. El humo de los cigarrillos crecía hacia el farol que bronceaba el empedrado desde su cima cercana. Les dije a los chicos las indicaciones del viejo y al rato seguimos viaje ya que ninguno iba a decir que no podía más. No fue necesario decirlo. Cuando llegamos a la peatonal nos derrumbamos en una esquina. Fer se durmió, Gaby me dijo que en un rato estaría bueno ir a buscar una cerveza. Él cerraba los ojos apretando la mochila entre sus muslos y el pecho, pero ponía cara de estar atento. Luego de un rato, volvía a abrirlos, miraba alrededor y me hacía un gesto de asentimiento. Yo no dormía más que nada por mi insomnio que por aquella época era prácticamente inquebrantable. Después de responderle un par de asentimientos a Gaby, me levanté y fui a buscar esa cerveza. Guita seguía habiendo así que no quise pedirles a los chicos pero Gaby se dio cuenta de que me iba y me llamó y me dio dos pesos. Así que me fui por la peatonal semidesierta. No me animé a preguntarle al del kiosco de diarios no sé porqué, pero la verdad pasé mirándolo y la pregunta se me quedó en la garganta. Un par de pasos adelante la pregunta salió sin darle tiempo a la vergüenza. Eran tres o cuatro chicas. Apenas la pelirroja comenzó a indicarme como llegar al kiosco, la vergüenza empezó a aparecer como una avalancha roja. Para que no se note tanto, hice un personaje. Un pibe sencillo y abierto. Les pregunté que estaban haciendo. Me dijo la chica que habían salido de “El cubo” porque su amiga se sentía mal. Le pregunté donde era “El cubo”. La pelirroja se rió y dijo algo así como: “vos no sabés donde queda nada” o algo parecido. Le expliqué que era de Buenos Aires y estaba con mis amigos y eso… Ella se reía. Me dijo donde quedaba el boliche. La amiga con la remera de Los Piojos dijo que estaba re mal y creía que tenía fiebre. Mientras se iban les dije que nos mañana en “El cubo”. La pelirroja sonrió y yo fui hasta el kiosco a buscar la cerveza. Cuando volví vi que “El cubo” quedaba a media cuadra de la esquina en la que Gaby y Fer dormían. Lo desperté a Gaby y le convidé cerveza. Planeamos ir al río en cuanto amaneciera suponiendo que fuese más o menos cerca. Le conté lo de las pibas. Se asomó para ver la entrada de “El cubo”· Miramos a Fer que dormía con las piernas extendidas, la cabeza hacia atrás, apoyada en una cortina y la nuez de Adán latiendo en primer plano cubierta por la dura y áspera barba de tres días. Después de un rato de mirarlo nos dimos cuenta de que los dos lo estábamos haciendo y nos reímos. Fernando se despertó y nos miró extrañado, o eso creí en un primer momento, pero me di cuenta de que estaba siguiendo con la mirada a alguien que estaba a mis espaldas. Con Gaby nos dimos vuelta y vimos a unas cincuenta personas que estaban saliendo del boliche. Varios venían para nuestro lado. Había una agradable diversidad de chicos que pasaban fuera de sí, quizá puestos o quien sabe qué. Unos chicos nos pidieron cerveza. Casi ni había, quedaba el fondo así que no nos dolió regalársela. Los chicos se fueron re contentos. Pasaron unos cuantos travestis. Un pibe se nos puso a hablar hasta que se olvidó de que hablaba y logró que Gaby mirara para otro lado y no le siguiera la conversación. Sin embargo en general sentí que todos eran cordiales y amables. Muchos saludaban y hasta los pibes que nos pidieron cerveza nos trataron bien. El movimiento nos despabiló casi a la fuerza. Hubo bostezos de Fer y gritos desperezados de Gaby. Caminamos por la peatonal. A un par de cuadras en una esquina había un cartel con un mapa del centro. Ahí vimos que estábamos bastante más cerca del río de lo que creíamos. Llegamos a una plaza y desde ahí vimos el monumento a la bandera. Fuimos a desayunar a un bar cerca de la plaza y después fuimos al monumento. Todas banderas argentinas excepto una. Muchas banderas, no las contamos, todas argentinas, pero una verde con un círculo rojo en el centro. Nos miramos como pidiéndonos explicaciones. Fernando dijo que le parecía que era la bandera de Bangladesh, lo que no aclaró mucho nada. Fuimos –Gaby nos llevó- a preguntarles a unos guardias y, efectivamente, era una bandera de Bangladesh. Dijeron que una de las banderas escoltas es del país que celebra su independencia ese día. Gaby le bromeó a un guardia algo respecto de 4 de julio, pero no se río y yo me apuré a ir para el lado del río. Un rato más tarde estábamos en la costanera mirando hacia la isla y Entre Ríos. Me acomodé en un banco y me dio sueño. Le dije a Fernando que iba a dormir un rato. Él a su vez se estaba acomodando en otro banco con unos apuntes de la facultad en el pecho. Gaby se había ido a dar una vuelta prometiendo que volvía en unas horas con comida. Me desperté, supe después de hacerlo, tres horas más tarde. Me sentía liviano y al desviar la mirada de las nubes al río justo cuando empezaba a pasar un barco frente a nosotros, me apareció una felicidad tranquila de una sincronía que era a la vez interna y externa. Era el barco que empezaba a pasar justo cuando yo miré. Y era poder mirar cosas que son cotidianas en otro lugar. Mire hacia el bancote Fernando. Seguía leyendo. Teníamos algo de hambre y Gaby no volvía. Yo le pedí a Fernando algo para leer. Me dio un texto que leí hace un para de años, claro, yo estoy más adelantado que él en la carrera. Lo hojeé desinteresado. Luego me sumergí en tratar de entender (dos infinitivos seguidos, carajo) ese desinterés. En eso llegó Gaby y me di cuenta de que estaba atardeciendo. Ya no había casi pibes jugando al fútbol y Gaby trajo sanguches de milanesa y un racimo fenomenal de bananas. Para tomar algo trajo agua. Dijo que había conseguido faso gracias a un tipo de un kiosco de revistas de la peatonal que le dio el dato. No quise saber si era el mismo a quien no me animé a preguntarle donde conseguir cerveza. No creo. Hicimos las cuentas para repartir los gastos. Las pepas las había traído de Buenos Aires Fernando. Yo fui el que más tuvo que desembolsar en ese momento pero todo quedó claro y bien repartido. Con eso resuelto caminamos por la costanera. Encontramos un lugar que medio bajaba al río, y estaba un poco escondido. Ahí Gaby armó y fumamos. Estábamos bien pero teníamos frío. Subimos y nos metimos en la ciudad. Aunque hablábamos de cualquier cosa y nos reíamos yo ya sentía de manera casi imposible de esconder, una incomodidad que aun no podía definir. Ya era de noche y seguíamos deambulando por el centro, tomando cerveza. Gaby hablaba con los vendedores. Fer y yo escuchábamos y de tanto en tanto metíamos algún bocadillo. Compramos papas fritas y otra cerveza y después un Fernet con coca. Enganchamos la peatonal y vimos que “El cubo” estaba abierto. Eran las doce y media. Entramos. Tocaba una banda. No me acuerdo como se llamaba. Cantaba un pelado y sonaba cruda y bastante bien. Tocaron tres o cuatro temas y bajaron. Colamos las pepas y vimos gente que fumaba así que fumamos también. Cuando entramos había cincuenta o sesenta personas. Gaby averiguó que iba a tocar otra banda. Me imagino que era más conocida porque empezó a entrar gente. No me gustó mucho… Tenía armónica, dos saxos y a mi me pareció que creían tener mística… nos dimos cuenta de que no teníamos ya tanta guita. Igual había algo de faso más lo que pudiese rescatar Gaby por ahí. Ya estaba a punto de definir mi malestar cuando vi a la pelirroja. Venía caminando hacia mí y eran tres y las tres me dieron el mismo beso. Y nos seguimos besando un buen rato. Un largo largo rato. Cuando me soltó la lengua volvió a ser una. Le dije que volvía enseguida. Di unos pasos hasta Fer, apoyado en una pared. Le dije que estaba por decirle que estaba muy triste. Fer dijo que si con la cabeza. Volví adonde estaba la pelirroja y mi recuerdo se metió en mi cabeza y de pronto estaba todo alrededor. Esa noche que nos habíamos encontrado en el parque con los chicos de la escuela. Un viaje indefinido que nos dejó en puente Saavedra. En un kiosco del lado de provincia alguien compró una petaca de Tía María. Me convidaron y sentí por primera vez el saber de una bebida alcohólica, que fue como un fuego silencioso y secreto. Cruzamos el puente, hicimos un par de cuadras por la avenida y entramos en un boliche que se llamaba Margarita Rock. Me aburrí un rato, parado en un costado hasta que vino Diego con una chica y me la presentó. Sorpresivamente para mí el saludo de la chica fue un largo beso en la boca. En menos de una hora había conocido dos claves que marcaron el pulso de mi vida desde entonces. La chica era pelirroja como la piba que me estaba hablando. Me decía que le decían la rusa. El nombre no me lo acuerdo, capaz nunca lo supe. También me decía que la suya era la mejor cama de Rosario. Miré alrededor. Gaby hablaba con un tipo en la barra, gesticulando y moviendo los brazos. Fernando hablaba con una chica, me pareció que era otra de las que me había cruzado en la peatonal. Fui a decirle que me iba, y que nos encontrábamos en los bancos del río a las tres de la tarde. Le dije que Gaby estaba por ahí, que le avisara. Agarré a la rusa de la mano y salimos del boliche. Respiré fuerte cuando sentí el frío de la madrugada. La rusa me agarró del brazo y me sentí incómodo, pero traté de no darle importancia. Caminamos rápido las diez o doce cuadras hasta su casa. Ella vivía con su vieja pero estaba en lo del novio, me dijo, así que la casa estaba sola. Un pasillo, una puerta de madera, una computadora, la pieza, la cama. No sé si era la mejor de Rosario pero… Nos levantamos, puso la tele, picó y fumamos. Yo la miraba mientras cortaba una porción de tarta y me acordaba de Caro y me repetí varias veces que no tenía que acordarme más de Caro. Me preguntó un par de cosas más de mí. Le dije lo que estudiaba, mi barrio, mis años, ella me dijo más o menos lo mismo de ella. Vimos el final de Ojos bien cerrados, que por casualidad estaban pasando en un canal de cable. Ella después vino a sentarme en mis rodillas y volvió a besarme. Fuimos a la pieza. Me desperté sofocado. La sensación que había empezado la noche anterior no se había ido, y la entendí de una forma tan clara que ahora no sé si podría entenderla como ahí. La estaba viviendo. Ahora es un recuerdo. Otro. Uno más. La rusa dormía desnuda, era la mañana, por el reloj y por el aire lo sabía. Necesité salir. Irme. La rusa me pidió el teléfono por si iba alguna vez a Buenos Aires y me dio el suyo por si volvía. Me dijo que si quería arreglara para volver en semana santa, que podía quedarme ahí. Le dije que iba a ver… nos vestimos y me abrió la puerta del pasillo. La otra estaba abierta, me dijo. Le pregunté como volvía a la peatonal y se rió. Yo también. Pensé que capaz volvía a Rosario para semana santa. Nos besamos y me fui. Había poca gente en la calle y una especie de claustrofobia seguía corriendo por mi cuerpo. Entré en un bar y pedí un vaso de agua. No muy amablemente me lo dieron y me fui, amablemente. Pasé por la esquina de “El cubo”. Me quedé viendo un rato la procesión por si salían Fer o Gaby, pero no pasaron. Fui por unas calles de adentro y salí al río. Mi agitación seguía. El viento frío, el río, no pudieron calmarla. Vi a un Fer tirado en el mismo banco del día anterior. Nos saludamos. Él no me preguntó y yo no le pregunté. Traté de dormir un rato hasta que llegó Gaby con unos chicos que había conocido en “El cubo”. Traían cerveza, un saxo y tambores y yo casi salgo catapultado hacia la estación, pero la opresión continuaba dentro de mi cuerpo y no me dejaba reaccionar livianamente. Nos saludamos todos. Los chicos eran algunos de la segunda banda más unos conocidos. Serían seis o siete más Gaby, al que le decían el cóndor. Seguramente Gaby les había contado esa vez que un viejo le había elogiado su conversación diciéndole que volaba alto como un cóndor. Por alguna razón eso lo fascinó y siempre que puede saca a relucir la anécdota y terminan diciéndole así. Yo me miré un par de veces con Fernando hasta que vino a decirme que quería ir yendo para la estación. Yo le dije que me sentía mal, que necesitaba caminar. Uno de los pibes me preguntó algo sobre la hembra con la que me había ido. Alguien nombró a la rusa, pero no me di cuenta que dijo o cual de ellos era. Igual fui derecho a decirle a Gaby que me sentía mal y me iba a caminar. Fer se enganchó y le dijo que me acompañaba. Luego de dar un trago y de pasar la cerveza, Gaby nos abrazó y dijo que nos encontrábamos a la noche en la estación. Caminamos con Fer por la costanera. Podría haberlo disfrutado si no hubiese sentido ese pánico, ese encadenamiento interno que no me podía explicar; que me ahogaba aun en ese entorno abierto. Había una fuerza que se moría por salir de mí, por reconocerse como parte de mi vida, y que se oponía a las cosas que había vivido en esos años. Seguimos caminando muy despacio por la costanera. Fer estaba de buen humor. Habló con gente, yo me mantenía algo alejado, como si me sintiera mal físicamente. Le dijeron como salir a la estación. Por la costanera cortamos bastante camino sin proponérnoslo. Pasamos por una feria de antigüedades que Fer revisó muy detenidamente mientras yo posaba mi mirada en las cosas, aturdido y desalentado. Pasamos las horas en un parque cerca de la estación. Cuando anochecía Fer fue a buscar comida. Trajo una pizza y una gaseosa de litro y medio. Él había guardado unos pesos extra por suerte. Después de la pizza fuimos a la estación y esperamos a Gaby. En la boletería le habían dicho a Fer que el tren venía casi vacío así que seguimos esperando a Gaby casi hasta que estuvo por venir. Yo le di a Fer mi plata y el compró los boletos. Yo no quería parecer indolente, sabía que Fer me estaba bancando, así que agarré la mochila y fui a pronosticarle que Gaby no iba a aparecer. Un rato después llegó el tren. Subimos. Era el tercer vagón, nos quedamos viendo el andén esperando que Gaby llegara a último momento. Estábamos congelados en esa posición, buscándolo en cualquier punto que se moviera. Hasta que nos movimos nosotros. El tren. Nosotros mantuvimos la mirada en el andén y vimos como Gaby con otro pibe lo atravesaron tratando de ubicar rápidamente la boletería primero y corriendo el tren, al pedo. Fer levantó la ventanilla y los dos sacamos el torso y gritamos: - ¡Gaby!- moviendo los brazos. Gaby sonrió y nos saludó y el tren se fue de la estación. Cerramos la ventanilla y la cortina metálica. Esa vez escuchamos los piedrazas. Fer se durmió bastante rápido, lo que me liberó al menos de la incomodidad de hablarle tan poco (aun para mí). Yo cerré los ojos un tiempo muy largo, tratando de calmar de alguna manera la angustia que me fatigaba. Pasaron por mi mente una enorme cantidad de caras, de noches, de besos, Caro, las demás, los miedos las mentiras, las huidas, los encierros. Los encierros tantas veces y la asfixia imposible de disimular, tratando de escapar de ese encierro con los ojos cerrados en ese tren y hace tanto. Seguramente me dormí, porque cuando abrí los ojos ya estábamos en capital y faltaban un par de estaciones para llegar. Sentía que el viaje no había durado ni la mitad que el de ida. Bajamos del tren y fuimos a la parada del 9. Fer me palmeó la espalda cuando subimos al colectivo. Sabía que yo estaba perturbado por algo. Ya hablaríamos (aunque probablemente no de eso). Pagó él. Yo le dije que quería bajar un par de paradas antes de mi casa, para caminar. El colectivo hizo rápido. No había demasiado tráfico al amanecer. Saludé a Fer, le dije que nos veíamos en la semana. Él me saludó y volvió a palmearme. Bajé del colectivo, caminé hasta la esquina, crucé y me quedé viendo la avenida Colonia. Cortó el semáforo crucé hasta la mitad y me paré otra vez, mirando el cielo amanecido salpicado de nubes, con la cancha de Huracán sumergido en el sur. Y una exhalación nueva me sorprendió, como si hubiese respirado libremente después de mucho tiempo.