jueves, 31 de julio de 2008

La monja

El señor Ox iba por Jaramillo y dobló por Crámer a la izquierda, para el lado de la estación Belgrano R. Se sintió oprimido por la calle aunque no era muy angosta pero si de doble mano. Analizó minuciosa y comparativamente ese sentimiento. Agacho su cabeza un momento. Sin dejar de caminar miró su pantalón de vestir gris oscuro y los zapatos negros un poco gastados. La chica que cruzó, de pelo corto y pollera larga no podía tener miedo. Nadie más que él podía tener miedo en ese enjambre circunstancial. Una sólida atmósfera vacía gastaba el panorama. Una redoblada composición de gestos vertidos en la laboriosa civilización del acero. Era imposible en el destello mismo de la mitad de cuadra apartarse de la visión de estar recorriendo las cíclicas filas de los nichos en cualquier instante de la madrugada. La parsimonia, la solemnidad de la vida. Él no creyó ser alguien extraordinario ni un sabio que venía a iluminar la gloria de la existencia. Sólo por casualidad el señor Ox se encontró frente al furor.

(Estaba manejando por una avenida y de pronto vio un tumulto a una cuadra. La gente estaba saliendo de un recital, pasaba entre los autos. Como había frenado en un semáforo, el primero en la fila, tuvo un claro delante y cuando se puso verde pudo acelerar. Había apuntado hacia un grupo, dejándose languidecer. Cuando sintió el golpe seco, frenó y cerró los ojos apaciblemente. Habían muerto cuatro jóvenes. Él declaró que se había descompuesto. En la revisión médica se verificó una pequeña arritmia que no costó vincularla con el suceso. Le quitaron el registro de conducir. La semana siguiente había sido cotidiana para el señor Ox.)

No movió la cara. Por más que lo anheló, sus flancos no se volvieron difusos. Atravesó esquinas casi sin pensar con palabras. Cuando llegó al sector en el que Crámer se ensancha no se sintió aliviado. Ya alguna vez notó que de todas formas no parecía una avenida, por más que las confiterías y demás comercios y la doble mano y el ancho brindaran sus atributos. “Rivadavia es una avenida”- se dijo mirando para arriba. No prestaba atención a los árboles, cuyas especies desconoció siempre ni a los rulos de las chicas que de tanto en tanto pasaban. Ya no.

No quería calcular las cuadras pero supo a cada instante donde estaba aunque la imagen que se le presentó cada vez con más insistencia fue la de un náufrago con brújula. “El carácter demasiado abstracto de la misma –sentenció para sí- me desagrada casi tanto como su leve tinte misericordioso”. Sonrió y despreció aquel dictamen. Se dio cuenta, sin demasiado asombro de que cualquier afectación intelectual interna había dejado de provocarle la mínima emoción. “Soy inmune a mis metáforas – pensó- y volvió a sonreír sin boca.

(Había esperado pacientemente una nueva ocasión.

El nunca había querido llevarse el viejo revólver de su padre, así que había quedado guardado en la casa de su madre desde que ella enviudó. Un domingo a la noche, el señor Ox terminaba su postre preferido cuando escuchó ruidos extraños en el fondo. Calmó a su madre, fue al placard a buscar el arma, que encontró cargada. Su madre, extrañamente, sonreía. Eran tres los intrusos y uno de ellos le disparó cuando el señor Ox abrió la puerta en penumbras.

Mientras llegaba la policía, el señor Ox reflexionaba acerca de su infancia, de sus juegos en el fondo de su casa, y de cómo hay cosas que no se olvidan. En la comisaría los agentes calmaban a su madre asegurándole que la legítima defensa estaba plenamente probada y que su hijo no tendría problemas. En otra oficina, el señor Ox reflexionaba tomando un café. Ya tenía claro desde el principio que no iba a ocultar su autoría en ninguna de las muertes. Ahora se le esclarecía la serie. Habían sido cuatro, eran tres; serían dos y luego uno.)

La sensación de caminar sin darse cuenta de los pasos. Azar en los pies, bola de rivotriles. Muecas a las veredas ensanchadas. Azar de las miradas y lo que enseñaron. Miradas de monos para siempre anidadas. La cruel menstruación de las ideas sin palabras. Un rosario de madrugada a través de los nichos y sus ansiedades y las equivocaciones cobardes. Los hasta cómo. Y las fronteras del relato.

No, no… vocearán befas. Acusarán escudo de impotencias. Como profesional entrenado, salir a explicarlo todo: lo que se sabe, aguando la fiesta. Tibieza fetal que engendra tempestades. La muestra diáfana del ojo dislocado. La sensación de haber dejado de caminar pero nada, nada cambió

(Con el asombro por la carencia de sospechas bien argumentadas se había ido a su casa.

La madre había llegado a su casa un día que no le esperaba. Esa vez le iba a presentar a una monja vieja y muy baja, vestida con hábitos grises. La monja lo miraba como un nenito a una mariposa, la madre sonreía. El señor Ox había pensado que no debía rechazar una ayuda espiritual para no levantar sospechas. Estaba dispuesto a aburrirse un rato con la monjita como alguien que busca consuelo. Ese día, sin embargo, la monjita lo había sorprendido. Le dijo sólo dos cosas: a ella no le importaba si era o no religioso, tan sólo quería ayudarlo a que, como todos, descubriera y realizara el sentido de su vida; lo otro que le dijo fue que necesitaba una pareja y ella lo iba a ayudar- luego se fue.

Al señor Ox le había sorprendido lo expectativa que la monja había sido con el segundo ítem. La siguiente vez que se encontraron ella había concertado una cita con la kiosquera de la esquina de la casa del señor Ox. Él había titubeado. Había preguntado a algunos de los vecinos que la conocían cómo era ella. A pesar de las historias que le habían contado sobre los cuernos que solía ponerle a sus parejas, él había accedido a conocerla. Pronto se habían hecho novios y hasta se habían comprometido.

Una noche la kiosquera se había encontrado con otro. El señor Ox, como de costumbre la venía siguiendo. Con alivio, vio que entraban a su casa. Alrededor de una hora después entró y los mató en su cama. Luego llamó a la policía.

La situación era complicada – le habían dicho sus amigos de la comisaría. Y lo era. Las semanas que había pasado en el calabozo primero y luego en el asilo habían sido penosas para el señor Ox, a pesar de las atenciones de los oficiales. La mediación de la monja, al menos, había sido más poderosa de lo que él había imaginado y al cabo de esas largas semanas había sido liberado bajo su tutela. Ella había parecido ejercer una influencia prodigiosa en la aceleración del proceso por estos asesinatos cometidos, según sentencia, bajo emoción violenta.)

Pocos minutos esperó el colectivo. El 80hizo la curva rápido pero frenó bruscamente y la puerta se abrió frente al señor Ox. Subió como si hubiera esperado mucho tiempo. Dijo: “ochenta”. Eso lo divirtió en otras ocasiones. Metió el boleto y veinte centavos en el bolsillo y se sentó en la anteúltima fila de los asientos de dos, del lado de la ventanilla.

Los domingos al mediodía ni los colectivos ni las avenidas suelen estar muy cargados, y el viaje del señor Ox fue considerablemente rápido. Nadie se sentó junto a él. Las barreras estaban abiertas cuando el colectivo llegó a ellas. Poca gente subió o bajó. Constató una vez más que mirar es inevitable. Ni probó cerrar los ojos. La ventanilla, el cielo, que no era el cielo, era arriba. Y el suelo era abajo. No sintió somnolencia, como hubiese sido justificado y en Liniers subió mucha gente que quizás venía de la estación o quizás no. Bajó unos minutos después y camino hacia el hospital por la vereda de enfrente de la plaza. Cruzó, camino otra media cuadra y llegó al hogar que tienen las monjas a un costado del hospital. Salió la monjita apenas el señor Ox llamó en la entrada. Antes de atravesar el patio hasta la verja le preguntó si había perros. No había. Dio entonces unos pocos pasos sonriendo y abrió la puerta de rejas. Mientras entraba, la monja le contó que unos días atrás un perrito la corrió ladrando por esa misma cuadra y cuando la alcanzó la tumbó con las patas delanteras y se fue dejándola boca arriba mirando las ramas de los jacarandás. “Son jacarandás” –pensó el señor Ox.

(Si bien el señor Ox estaba visitando a la monja para mostrarle agradecimiento por la ayuda que le dio no esperaba que ella pudiera iluminarlo en su preocupación fundamental en ese momento –completar la serie de muertes- y él tampoco planeaba tocar el tema con ella. Habían conversado poco tiempo. Unos diez minutos. Luego se habían despedido cordialmente. Él caminó hasta la esquina de Patrón y Pilar, esperó el 80. Cuando llegó, miró fijamente la rueda delantera derecha y se zambulló.)

La monja salió a ver el alboroto. Un instante. Fue hasta su pieza y añadió una cruz en una hoja de su cuaderno blanco. Pensó en ir a arreglar el alambre de púas del jardín.

martes, 6 de mayo de 2008

Nota baño camping

Buenas tardes. Ante todo quería agradecer a los que hacen esta revista dedicada a informar a todos los que quieren disfrutar de vivir en la naturaleza en todos los campings del país. Y gracias también por recibir estas palabras que ahora escribo.

Quisiera contarles unas cosas no del todo agradables de oír pero que si en algún lado tienen que estar escritas es en su publicación.

Más que nada me quiero referir a mi estadía y la de mi familia en el camping San Pierino, como ustedes sabrán, sito en una de las localidades más pujantes de la costa atlántica del país.

Llegamos allá y resultó que no había bungalows, así que debimos recurrir a la carpa, que siempre llevo. Lo que además me iba a permitir recurrir a varios implementos que adquirí bajo sugerencia de la presente publicación.

Cuestión que armé la carpa con ayuda de algunos de mis familiares y cuando me disponía a enchufar la lámpara para proceder al asado, realicé que no andaba el tomacorriente. Resultado: discretas empanadas de carne y pollo de la proveeduría y las disculpas de los empleados por el inconveniente que a decir verdad, al día siguiente se solucionó.

Eso, vaya y pase. Ahora, cuando al día siguiente a causa de la falta de bungalows tuve que hacer uso de la ducha y los baños del susodicho camping a ver ya me abatato de tratar de ponerlo acá se pasaron de la raya por así decirlo. Siendo que había salido de la ducha y sólo con el short de baño puesto me apronté a cepillarme los dientes con todos los cuidados que la situación requería, siendo el lugar apenas apto para la higiene. Con la boca llena de crema dental me tocan el hombro, un chico. Quince años máximo. Que me dice que estoy con la canilla abierta, y de esa manera derrochando agua potable. Me mira con cara seria y al ver que me lo quedo mirando, cierra la canilla y sale de las instalaciones sanitarias. Puedo asegurarles yo que en ese momento podría haber pasado cualquier cosa. Podría ir a buscarlo y sopapearlo o matarlo, o que se yo. Porque yo SIEMPRE cierro la canilla mientras me lavo los dientes. Desde chiquito, que una vez viendo Alf alguno de los personajes mencionó que esa es una de las acciones que ayudan a salvar al mundo o algo así. Cosas que le quedan a uno. Y ahora, en esta situación tan incómoda y de tensión venía un mocoso a decirme como comportarme en relación a las canillas. Y la camisa que iba a usar estaba mojada.

Cuestión que salí del baño embroncado como veces pocas. Sentía el corazón latiendo muy rápido, busqué con la mirada al pibe y no lo encontré. No sé para donde se está yendo el mundo. Sin ir más lejos al rato me crucé con uno del camping que me dijo que iba a haber un bungalow disponible en dos días. Yo nada más le dije “bueno, bueno”, pero tenía unas ganas de decirle de todo, de preguntarle si el pibe era del camping, o si no tenían reglas de respeto a los mayores o si dejaban entrar a cualquiera. Pero sé que si abría la boca más de lo debido iba a decir sólo groserías, malas palabras. Yo tendría que haber estudiado abogacía.

La cosa es que todo este incidente me amargó el viaje de vacaciones y más también. Porque empecé a sentir toda una especie de molestia en cada lugar que estaba y unas ganas de que todo sea diferente. Además sentí y sigo sintiendo que las cosas que hacemos en la vida no nos llevan a ningún lugar claro, espero me sepan comprender y estoy dudando si vale la pena, por así decirlo. Estas cosas quería comunicarles con el fin que se ponga en consideración la importancia de una buena atención en los campings del país. Por otra parte quería también decirles que soy un poco rengo.

jueves, 14 de febrero de 2008

En tránsito

Muchos omanes se reunieron en la llanura fatigada. Por ella irían e irían. Casi ninguno opinaba ya que no había nada del otro lado. Unos cuchicheaban que no había otro lado, y reían. Todos lo imaginaban. Una vez más la curiosidad prevalecía. Eso y el encanto hipnótico del verde. Se llevaban a cada uno y cada uno llevaba la nostalgia de cada paso que daba. Tantos hermanos trazaban las generaciones que los habían mecido y los mecían por los caminos que creaban no para volver sino para que otros vinieran.

Omanes andando, duraznos caminantes. Nubes de sol y de sueño. Vivientes del sueño en el que las nubes pueden tocarse. Envueltos, encaramados de nube, caminaban. Multitud de huellas. Hermosos octógonos irregulares, constelaban.

Un omanes, de cuerpo granizado de verde y violeta en su lomo amarillo, vio un río abundante. Quiso corresponder a su generosidad y se zambulló y se dejó llevar. Desde una colina, tres omanes lo vieron serpentear y lo siguieron. Llegaron al mar y en la orilla muchas noches se saludaron con los que cruzaron el río y siguieron. Hacía muchos omanes que omanes no veían el mar. Otra vez un silencioso encanto que de las costas irradiaba hacia el encuentro de nuevas alturas, los besó como un nacimiento. El mar pronto sería la orilla. Días de madera, de los primeros cantos, y de curiosas ansiedades que se sacudían solas. El camino los siguió sacudiendo, pero ellos veían en el cielo las huellas de sus amigos, que fulguraban como sonrisas imaginadas.

Días de tierra y de miradas emergieron de los trayectos de los omanes caminantes. La amistad musical de los árboles y sus maderos, viento de los misterios resplandecientes. Omanes al paso de sorpresa junto al diluvio de variantes animales. Y la flor abierta de los caminos. Y los demás asombros de verse juntos en las diversas nostalgias.

Como los omanes no contaban el tiempo, no supieron cuando se volvieron a ver los dos grupos, ni hacía cuánto que no estaban juntos. Tampoco sabían exactamente si eran ellos los mismos que se habían separado en aquel río. Estaban confundidos, y se decían “agua” y se decían “tierra”. Asentían pero no sabían que hacer.

Sin embargo no tardó mucho en surgir una fascinación extendida entre lomos de colores y dibujos siempre nuevos en sus distribuciones. La seducción les hacía bien. Los ojos no querían contener las sonrisas. Inauguraron un festejo que se multiplicó y los multiplicó.

Algunos omanes del agua llevaron al mar a algunos de tierra, y algunos de tierra, y algunos omanes de tierra mostraron los senderos a algunos del agua. Se decían entonaciones que saludaban de entusiasmo en cánticos ensoñados. Así, el sol y la luna.

Bordeando la costa encontraron un río. Había los que se quedaban en la desembocadura y se iban con el mar y volvían. Estaban los que entraban a la tierra junto al río, a los bosques, las colinas y los valles.

Siempre se encontraban.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Aproximaciones a un adicto a la nada

- (…)

- No. No puedo decirlo ni ocultarlo. Apenas alcanzo a distinguir los bordes, y te respondo observándolos. Fascinación endemoniada. Yo me pregunto si te alcanzará lo que te muestro. De todas maneras, amigo, sé que no puedo mostrarte más.

- (…)

- Yo no nací. No nací nunca.

- (…)

- Los hombres-maquina viven a través. No te los puedo describir ahora, pero son como lo contrario a la gente sentada a la vereda.

- (…)

- Electroencefalograma plano. Los recuerdos de un ñandú que viste en un instante yendo a 150, cruzando el valle de Río Negro. Los recuerdos de ese ñandú.

- (…)

- Aparece algo así como una intuición de maniobrar con la mente cuerpos. Y una seguridad casi cínica de poder lograrlo. Es una aceptación de estar en condiciones. Una fragua. Pasan ciertas cosas.

- (…)

- El ciego y paralítico de la casona de la calle Arribeños. Sentado en la silla. Detrás, el equipo de música. Por la vereda pasa alguien que nació en Macao. Piensa un rato que decirle al primo. Lo llama al fin, pero el primo ya se tomó el tren Mitre-Tigre y está en Béccar cantando con la novia. Eso que pensó decirle al primo.

- (…)

- Hay tareas. Ser un silbador abundante. Abandonar el proyecto de la serie de asesinatos. Ágil multiplicador. Esas cosas entonadas lo mejor posible para no defraudar a ciertas potenciasen las que no creo.

- (…)

- Elegir es peligroso.

- (…)

- En cuanto a que esta es una situación única. Un quiebre en la administración, que por cierto siempre queda más o menos contaminada de bien público. Y de otras farsas de igual o más cobardía.

- (…)

- Mi abundancia material es intensa. Salta a la vista. Me despreocupo de ello. Me concentra el daño que les hago a los demás. El daño plural me moviliza. Atiendo esas inquietudes. Busco que prevalezca eso que es antiguo y adelantado llamarlo absurdo.

- (…)

- No.

- (…)

- A mi me gustaría ser el último de todos. Es a lo que aspiro. Regado de denominaciones, me evoco en la falta de secretos.

- (…)

- Ya no busco eso. Es un paso: nunca me importó. Tampoco busco un fin último que encaje con lo que vivo. Una vasta sensación que repercute en imágenes y planes dejados de lado. Liquidación de lo que pasa y de las estructuras que se forman. Bloqueo. Paso incómodo. Clausura. Lo claro es lo oscuro.

- (…)

- Alzheimer.

- (…)

- Perforado, por supuesto. La identidad turbia provoca. Pero parte del juego sin reglas es esquivar esas vacilaciones propuestas. El nudo de las perplejidades está en la mirada. Es como una rima. Un aturdimiento sincopado.

- (…)

- Confrontarse a las evidencias, en lo que a mi respecta, es una tarea confortable en vistas a dialogar con inocencias.

- (…)

- Esquivos a lo abrupto que mis gestos señala.

- (…)

- Si, pero eso no lo puedo decir.

martes, 27 de noviembre de 2007

La rueda

Aníbal llegó a su casa, caminó el pasillo y abrió la puerta de chapa. Desde el patio oyó el bochinche. Otra puerta y tuvo ante él a los chicos desparramados en la alfombra jugando a la ruleta. Pateó una ficha. Olió pollo, qué alegría. Fue a la cocina a saludar a Elena. Estaba aplastando papas, iba a haber pollo con puré. Estaba subiendo de peso Elena.

- Los chicos de Eli ya se van. Eli ya los llamó dos veces- Elena le sonrió a Aníbal. – Andá a la mesa, estás cansado.

-Si, si, si.- Aníbal acarició a Elena yéndose. Se sentó.

Se escuchó la voz de Eli amenazando a sus hijos. Nico y Fede se levantaron y saludaron un poco molestos. Rápidamente decidieron una reunión a la tarde del día siguiente para seguir con la ruleta. Se fueron corriendo por el pasillo y la puerta del departamento a la calle resonó cuando los tragó.

Comieron alborotados, viendo la tele. De pronto Aníbal se dio cuenta de que se había quedado mirando a Facu. Los demás también se dieron cuenta, así que se sintió obligado a decir algo.

- ¿No estás grande para jugar a la ruleta?

- ¡Eh! – Se defendió Facu- Si yo tengo trece y Flopi 15. Decile a ella. Y Fede tiene quince también.

- Yo ya tengo nueve- dijo Franco muy seriamente.

Flopi se sonrojó pero nadie lo notó. La conversación se deshizo.

Terminaron de comer. Flopi y Elena llevaron las cosas a la cocina. Franco se fue a la pieza. Facu y Aníbal se quedaron en la mesa viendo la tele. Un rato más tarde se incorporaron Flopi y Elena, que mandó a dormir a Franco. En la tele se fueron al corte y Flopi y Elena empezaron a charlar. Aníbal trataba de acordarse lo que había que hacer con más urgencia en el taller: los frenos del Palio de Leo, la correa de distribución del Clio de Mario, ah, y cambiarle los amortiguadores al Gol de Sergio. Que bodrio ese Sergio... Flopi ya no estaba. Elena le trajo un café y charlaron un rato. La entrega que tenía que llevarle a Marina al día siguiente la preocupaba a Elena.

- ¿Lo tenés listo?

-Casi. Mañana lo termino y lo reviso así Marina no me jode.- Elena se levantó. - ¿Podés cortar Flopi?, o decile a Mica que llame ella.

Al minuto sonó el teléfono. Aníbal se levantó, llevó el pocillo a la cocina. Volvió y fue a sentarse al sillón. Pateó otra ficha. Miró la ruleta abandonada en el piso. Iba a rezongar que guardaran todo eso, pero se calló y se prendió un cigarrillo. Habían vuelto del corte.

Pasó Flopi y lo saludó con un beso en la mejilla. Se iba a dormir, dijo. Llegó Elena y se sentó en el otro sillón. Comentaron algo de la tele y después Elena dijo que se iba a pegar una ducha y después se iba a dormir.

- Cuando termines voy yo- dijo Aníbal, y prendió otro cigarrillo.

- Bueno- Elena entró al baño. Otro corte.

A Aníbal le causó gracia una publicidad y resopló una risa. Después volvió a mirar la ruleta.

Cuando Elena salió de la ducha hacía rato que estaba girando. Aníbal estaba arrodillado y cuando Elena entró, no la miró. Ella salió al patio un momento. Volvió y se acercó a Aníbal.

- ¿Qué pasa?

- No para.

Se agachó Elena. En cuclillas observó un rato lo que veía Aníbal. Le empezó a doler los muslos. De pie, le dijo a Aníbal que se iba a dormir. Él se levantó y fue a pegarse una ducha.

Había decidido irse directo de la ducha a la cama, pero tuvo que ir a buscar el paquete de cigarrillos a la mesa, apenas se asomó para ver la ruleta, que seguía girando silenciosamente.

Se durmió pensando en los asuntos del taller. No soñó, o al despertarse no recordó haber soñado. Se levantó muy temprano. Hizo café. Fue a ver la ruleta, seguía girando. Tomó el café. Se vistió. Dejó en la mesa un cartel con letras bien grandes.

NO TOQUEN LA RULETA O LOS DESCAJETO A PATADAS

Subió a su Renault 9, que dormía en la calle, pobrecito, y dobló en Juan B. Justo. A media cuadra de llegar al taller de la calle Iturri, divisó a Sergio que esperaba apoyado en su Gol.

Volvió cerca de la una, con bastante hambre. No supo que era el silencio lo que lo puso nervioso cuando entró. Rápido se dio cuenta de las personas que no conocía, sentadas a la mesa. Un flaco, joven y bien vestido y un gordito en mangas de camisa, con pelo revuelto y anteojos. Dijo “hola” y fue en seguida a la cocina esperando que estuviera Elena. Estaba. No tuvo que decirle nada Aníbal para que se diera cuenta de lo confundido y malhumorado que estaba. Aun así, Aníbal le habló.

- ¿No te acordás de Eugenio?- trató de calmarlo Elena, sonriéndole. – El hijo de Nori. Estudia química en la facultad.

Aníbal se acordó. El flaco era. Fue al comedor.

- ¿Cómo andás Eugenio, tanto tiempo?

Eugenio se paró para darle la mano, y le presentó al gordito.

- Osvaldo Salas, mi profesor.

Venían por lo de la rueda de la ruleta, claro. Elena le contó a Eugenio y el vino con el profesor a ver que pasaba. La verdad, estaban asombrados. Ojo, no tocaron nada, como tan claramente pedía el cartel.

Recién en ese momento Aníbal se fijó en la ruleta. Se inclinó hacia ella un instante y la vio girar. Elena trajo los panchos y Flopi puso la mesa. Facu salió de su cuarto y se sentó en un lugar que no era el suyo, aparentemente sin importarle.

- ¿Y Franco?- preguntó Eugenio sirviéndose un pancho.

- En el colegio. Va a doble escolaridad y se queda en el comedor. Uno menos.- Aníbal le pasó la mostaza. Y como es Franco, seguro debía estar contándole a todos de la ruleta... Agarró la mayonesa.

Eugenio y Salas empezaron a preguntarle. ¿Quién construyó la rueda? - ¿Trataste de frenarla? - ¿Va más rápido, más lento? - ¿Nunca había pasado? Aníbal contestaba y no había respuestas. Salas tenía un hermano licenciado en Filosofía, podría llamarlo para comentarle el caso, que sin dudas tenía perspectivas de análisis desde su campo...

Golpearon la puerta del pasillo. Flopi fue corriendo a abrir. Ella y Fede entraron, casi cautelosos. Hablaron Eugenio y Salas y Aníbal un rato más, después se fueron y prometieron que volverían al día siguiente.

Entró a la cocina Aníbal y Fede les estaba contando a Elena y Flopi que le había contado a una profesora de la ruleta. Ella le dijo que su hermana trabajaba en un noticiero de la tele y le dio el número, capaz podían llamar. Fede miró a Aníbal, que dijo una mirada a Elena, que dijo “Puede ser”.

Salió y la calle Velasco le pareció demasiado transitada. Subió a su Renault 9, hizo media cuadra y el camino al taller. Se quedó hasta tarde.

Elena le calentó las empanadas. Franco dormía, Flopi hablaba del noticiero con Facu. Aníbal prendió la tele y se quedó mirando un buen rato. En un corte escuchó la ducha. Los chicos no estaban. Agitó los brazos y después levantó la ruleta intentando que no perdiera la horizontalidad. La llevó hasta la cama, tendida por Elena a la mañana. Abrió el placard, sacó sus zapatos y algunas cajas. Metió la ruleta y cerró el placard. Acomodó los zapatos y las cajas y volvió al comedor a ver la tele.

Cuando escuchó a Elena que salía del baño apagó la tele y las luces y la llevó a la cama y se metieron juntos.

A la mañana se fue temprano. Le vino a pagar Sergio y pasó el de los churros. Y Héctor le trajo el jeep para que se lo prepare para llevarlo a Ostende. Ya era hora de cerrar y Aníbal no se decidía. Miró alrededor, vaciló un instante, pero al final volvió por donde vino.

Y entonces el hombre entró por primera vez en la casa y vio que ahí todos los portarretratos tenían la foto de él.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Dos que se separan

Una vez se separaron. Ya no estaban juntos ni querían. Ni se querían. Y comenzó una serie de curvas que los perforó en angustias y en leves compensaciones. Las cíclicas atracciones los absorbieron en atardeceres de llantos y orgasmos postreros. Les invadía un lamento melancólico de cosquilleos pretéritos, una especie de ceremonia de validación de un sino misterioso, como todos. Y se alejaban con el asco del error. Se decían a ellos mismos que ya no más, que se abriría la figura nueva de dejarse. Se hacían preguntas deambulando en circuitos con formas de signos de interrogación. Vuelos de moscas.

Uno de ellos se obstinó en otra pareja y otro se abundó en la soledad aparente y ficticia de una espera. Y nunca fue de esperar... No los perseguían látigos envenenados. No miraban si la valija bajaba para hacer la aduana. No iban a la peluquería ni a los dardos. La televisión, alma catódica, o la marihuana disuelta y colada en leche chocolatada. Los cielos. Eran parecidos a los granos de cielo que se ven a través de una ventana en verano, y se vencían mutuamente, se arrinconaban. Entre sueños de sus vientos quedaban alojados en alturas predigeridas y secretamente desconcertantes. Cada uno se hacía visera con el canto de la mano en la frente y los ojos se abrían como granos que eran.

Veloces de sensaciones bebían el viento secreto y expuesto en diversas vidrieras, peceras, monitores, everything in its right place pero al revés y con piruetas incomprensibles. ¿Encontraría a la realidad? ¿Enderezaría la única posibilidad ya de antemano perdida? Vuelcos y revuelcos aburridos permitidos en territorios hace tanto abandonados, para renovar el abandono. Sólo que para ya resultaba risueño, en esa vigilia de mil días, constante y sin miga. El silencio oscuro como último rincón de felicidad íntima y enfriada en la desolación indiferente.

Hubieran querido ser más curtidos para no fanfarronear tanto. Hacia dentro especialmente, sólo que adentro significaba afuera, hacía ya mucho… Envueltos en sus ropas más queridas se callaban mucho. La avenida era tan larga y tan conocida. La ciudad y las otras ciudades y los pastos y las conmovedoras panorámicas de años. La vuelta a silencios verdaderos y comotellamás y niahímevaadarbola y niahímeinteresa. Un costado de penumbra constante, los viajes silenciosos y las ocupaciones desvanecidas en los días insectos. Los trazos incorporados por la imaginación mareada incomodando la tristeza apagada, cansada de tristeza. La nueva pareja de uno se había ido en un pestañeo, y los besos al otro le habían llegado como desde otro plano de las sensaciones.

Arco extraño nuevamente, de aventuras solitarias, desgarrado a húmedos mordiscos. En hamacas al amanecer, sonriéndose, saludándose. Y los kilómetros indeterminados, saben que están de más, se desentienden, buscan otros caminos. Y entonces si que están lejos de veras.

No se vieron más. Se tomaban alternativamente el 58 y el 131. Si él estaba en una línea, ella estaba en la otra. Así fue desde entonces, 58-131-58-131-58… 58 y 131, que son dos líneas que se cruzan permanentemente por la ciudad de Buenos Aires.

Simbad y las noches

De chico, Simbad vivía con su madre. Su padre no estaba. Su diferencia creció suavemente sin pavores ni ocultamientos. No dormía, su madre si. Ella lo despedía y se dormía y Simbad se abría a la noche.

Se acostaba, cerraba los ojos, los abría. Con las noches y las noches comenzó a salir al patio, que daba a la calle y más allá, los galpones, las vías, la estación, la ruta… arriba las estrellas. Todas. Los ratos que preceden al amanecer y de vuelta al cuarto. La madre lo llama y van juntos a la escuela. La madre es una maestra. Eran dos pedacitos blancos en el panorama constante.

Una noche se le ocurrirá escabullirse del patio a la calle a las vías, cruzar la estación y quedarse sentado la noche en algún juego de la plaza que da a la ruta. Verá pasar muchos camiones y camionetas. Volverá con el silencio que aprendió, antes del amanecer que despierta a los gallos y a la madre. – El silencio es un viaje- se dice.

Los otros chicos eran de tierra, como él. Contaban algunas veces sus sueños, y Simbad también contó. Simbad sueña con caminos y camiones, con estrellas y con el interior de los silos.

Seguía yendo a la ruta y en la oscuridad se iba y volvía en los camiones. Noches de los fulgores.

Un tiempo en el que había noches con pocos camiones puso a Simbad a contar cuántos pasaban. Cuatro una noche. Tres otra. Dieciséis una algo más próspera.

Ahora casi siempre los contaba, una especie de costumbre que era más bien distraída. Contaba y lo sentía irreal. Ver las luces, el ruido, el viento y era uno. Otro, otro… Otra vez estaban pasando seguido; - uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, erab, siete, ocho, nueve, diez, once… Caminando el lucero, Simbad miraba los galpones, respiraba lo grandes que eran, se decía que erab no lo decían en la escuela o en ningún otro lugar en el que él había estado, miraba su casa que parecía flotar apenas sobre la tierra callada del paisaje.

Si decimos una cosa imposible y la desechamos, porque es imposible, nos perdemos de una fértil dotación de vida. Dicho lo imposible, habiéndolo encontrado, seguir esa imposibilidad nos dará generosos desconciertos que podremos recorrer hasta redescubrir la imposibilidad. Así, la habremos conquistado, y será nuestra imposibilidad.

Silbaba Simbad, y se escuchaba con la boca. Simbad poblado, regalado de imposibles. Veía la vida de gases, de planetas, oía con la boca, plantaba caminos.

No nos inmiscuiremos en los incalculables episodios que se generaron a través de ese momento en la vida de Simbad. La discreción suele favorecer a las actividades libres. Claro que éstas atraen y cobijan confidencias. Como rincones de largas penumbras alcanzados por suaves destellos, o la noche celeste en el segundo del relámpago.

Alguna vez Simbad pasa una semana en un silo que encontró caminando las vías al norte o al sur. Vuelve y la madre abrazándolo le dice que no está muerto; el no está tan seguro.

En el silo se da cuenta de que una chica lo atrae y se queda quieto hasta que le duele, dibujando en la oscuridad sus ojos. La besa.

Silo y mujeres unidos para siempre por Simbad.

Un día Simbad se subió al camión. El pueblo, la estación, quedaron lejos la jornada. Fue la ruta y las rutas. Y el país. Vio como un silbo varias veces la estación y el pueblo desde la ruta. La llanura de las miradas y las montañas. Vuelve al pueblo. Saluda al amigo que se va con el camión. Abraza a la madre que no está cuando se fue ni cuando vuelve.

La música empezó a salir con él. Las chicharras de la noche le enseñaron el compás. Miraba otra vez como miraba desde el camión a dos ríos juntándose entre las sierras, era igual a la melodía y a las próximas.

Simbad vuelve a las noches, a la estación, a la ruta, a las estrellas, al silencio. Se queda. Es uno de los cientos de millones de habitantes del pueblo.

A Lugones, Santiago del Estero